[:es]Cuenta la leyenda que luego de su regreso desde tierras españolas del norte y algunas zonas de Castilla y León, donde había llegado a predicar el Evangelio, el Apóstol Santiago el mayor, fue ejecutado en Jerusalén por Herodes Agripa, entre los años 41 y 44, y fue el primer mártir de entre los doce. El cuerpo de Santiago, embalsamado, fue llevado en una balsa de piedra hasta las costas gallegas, don- de finalmente quedó enterrado. En el siglo IX, el eremita Pelayo, viendo caer una lluvia de estrellas sobre un campo –de ahí el nombre de Compostela-, encontró en él una tumba; el Obispo Teodomiro certificó que los restos correspondían al Apóstol Santiago. A partir de ese momento, comenzó la cristiandad a peregrinar hasta la tumba del Apóstol. Ese peregrinaje continuó hasta el siglo XVI en el que, frente al temor por las incursiones del pirata Francis Drake, los restos fueron escondidos. El Camino entró en un período de olvido hasta que, en enero de 1879, el Cardenal Payá y Trigo, redescubrió los restos bajo el altar mayor de la Catedral y dieron comienzo las actuales peregrinaciones a Santiago de Compostela.

En cierto modo, Europa se hizo de la mano del Camino de Santiago, y un crisol de lenguas pobló todos sus senderos. Hoy, esto no ha variado, y es el castellano un idioma escaso en Buena parte del peregrinar. De entre los peregrinos, españoles, alemanes, franceses, italianos, holandeses, escandinavos, coreanos, chinos, japoneses, brasileños, canadienses, norteamericanos, etc., no encontré ningún argentino. Sabido es que los hay, pero por su escasez, no habitual en otras circunstancias, considero importante comunicar esta experiencia.

En la primavera del año 2007 partí de Somport, en la frontera franco-española del pirineo Aragonés. Sumando los desvíos para visitar los monasterios de San Juan de la Peña y del Eire, recorrí a pie 250 Km. durante ocho días hasta Puente la Reina. En el año 2008 retomé el Camino en ese mismo sitio, y durante los veinticinco primeros días del otoño europeo, llegué a Santiago caminando otros 686 Km. Guardo vivo lo experimentado en el trayecto, y hoy, al pensarlo, soy el primer sorprendido por haberlo logrado.

Me limitaré a lo que considero son los fundamentos, porque el Camino, como la vida, es un hecho individual, que se transita tal cual uno es.

Lo único necesario es estar física y espiritualmente preparado. En el mundo de hoy, deberíamos agregar el tiempo y el dinero. En lo esencial, es un Camino de encuentros. El primero es con uno mismo y en soledad. También lo es con el otro, ese caminante que junto a uno lo recorre y con quien la comunicación se da del modo más variado; con el Camino en sí, esa tierra que pisaron infinidad de peregrinos llevando alegrías, angustias , esperanzas y agradecimientos… y con el motor y resumen de todo lo anterior: el Creador.

Aunque se transite en solitario, la apertura a la comunicación es el hecho dominante, y a ello hay que estar dispuesto. Lo maravilloso del Camino, es que tiene por escenario paisajes que, con su belleza natural, acompañan al caminante en un ambiente que predispone a esos encuentros.

Creo que el peregrinaje implica un esfuerzo. Con él se logra la alegría que produce el vencer las dificultades frente a uno mismo, en compañía de otros, en contacto con la tierra, sabiendo que al final de la jornada está el reparo del albergue, alivio de la fatiga.

Durante todo el Camino surge natural- mente ayudar al que lo necesita y, al mismo tiempo, se recibe en demasía ayuda y estímulo por parte de todos aquellos que caminan a nuestro lado.

Hablaré del llamado “Camino Francés” que, partiendo de Roncesvalles, recorre el Pirineo Navarro, y también del que comienza en Somport, que lo hace por el Pirineo Aragonés. Ambos se unen en Puente la Reina, a pocos kilómetros de Pamplona, y continúan siendo uno, a través de: La Rioja, Burgos, Palencia, León y, ya en Galicia, por Lugo y La Coruña, para culminar en Santiago de Compostela.

El paso por los Pirineos lleva las dificultades propias de la montaña. Allí se recorren caminos pedregosos, en general alejados de las rutas. Las dificultades en el comienzo templan el espíritu, y hacen tomar conciencia del esfuerzo.

Recuerdo que al salir de Somport, apenas caminados los primeros cincuenta metros por un sendero estrecho de piedras que por el deshielo rodaban bajo mis pies, pensé que éso, para mí, era una misión imposible. Repito, ¡sólo cincuenta metros! No llevaba bastón. Cuando me debatía conmigo mismo dudando de mis fuerzas y posibilidades, Helmuth, un alemán con el que habíamos compartido el albergue la noche previa, al verme dubitativo y con dificultades, me ofreció el suyo. Esa mañana, al levantarnos, con asombro, había podido ver que tenía amputada una pierna por debajo de su rodilla y llevaba una prótesis. Me lo ofreció con alegría y sinceridad. Pese a mi negativa, terminé aceptándolo. Tan emocionado, aliviado y seguro me sentí que, olvidando mis dudas, ese, mi primer día de camino, delante de él –porque así lo quiso para poder vigilarme–, caminé treinta y dos kilómetros.

La primera parte, el primer tercio –lo dividimos en tres–, es fatigoso, pone a prueba el físico y acomoda la mente. Los Pirineos son el marco que acompañan al esfuerzo y la contemplación. La segunda parte corresponde a La Rioja y la Meseta Castellana, terminando en León. Allí las montañas han dejado lugar a los sembradíos, las viñas y olivares, que luego van des- apareciendo para transformarse en la llanura, en nada ajena a nuestro panorama bonaerense en lo que a planicie se refiere.
En la tercera y última etapa, faltan unos 220 Km., y la mitad de camino hace rato ha quedado atrás. Se abandona el llano y comienza la subida: a toda subida le sigue la bajada y no podría decir cuál prefiero; esas subidas parecen terminar en la próxima curva, pero al llegar a ella nos desengañan mostrándonos el interrogante de otro final donde, nuevamente, no sabemos si se repetirá el engaño en el próximo codo. Entonces, Ponferrada nos anuncia la proximidad de la última de las fatigas, que es la llegada a Galicia subiendo a O Cebreiro, donde desde su altura el peregrino palpita, con toda la tierra gallega a sus pies, la conquista de la meta: Santiago.

El Camino, como la vida, se puede recorrer a la medida de cada uno. Quiero decir con esto que quien lo quiera hacer desde los Pirineos hasta Galicia, lo puede hacer total o parcial- mente, en una o varias oportunidades. Puede hacerlo solo, o en grupo. Puede hacer trechos de diez o treinta kilómetros diarios de promedio. Puede cargar su mochila o enviarla por servicios que se ocupan de ello. Puede hacer los altos que quiera y quedarse a descansar los días que se le ocurran. Para conseguir la Compostela que es el Certificado de que uno hizo el Camino –que emociona obtenerlo–, sólo tiene que recorrer al menos los últimos

cien kilómetros a pie o doscientos en bicicleta. También lo puede hacer a caballo. Todas las alternativas son válidas, mientras que la tracción sea a sangre.

El hospedaje requiere un pequeño párrafo aparte. El modo comunitario de alojarse, y desde ya el más económico, son los albergues. Los hay parroquiales y municipales o parroquia- les que son municipales. También hay albergues privados, que últimamente se han multiplicado. Los primeros solo requieren un donativo o una contribución que nunca excede los cinco euros. Recuerdo cuando en algunos, los más pobres, me ofrecieron la caja para depositar lo que quisiera o retirar lo que necesitase. Los privados oscilan entre cuatro y diez euros. Todos brindan alojamiento en común, cama, baño y duchas, algunos sin distinción de sexos y otros separados.

Afrontar durante un mes el recorrido de entre 15 y 30 Km. por día, requiere tener un aceptable grado de entrena- miento y el calzado apropiado, cómo- do e impermeable. En los días de lluvia, tanto los pies como todo el cuerpo y equipo, deben mantenerse secos. Otro dato a tener en cuenta: el peso de la mochila puede transformarse en la dificultad mayor: nunca debe sobrepasar el 10% del peso propio.

El señalamiento es otro pequeño detalle. Digo pequeño, porque es más fácil perderse siguiendo las marcas de la palma de la mano, que hacerlo en el Camino. La indicación por excelencia son las flechas amarillas pintadas en sitios visibles tales como árboles, piedras, postes, etc. La flecha siempre está, y encontrarla causa la alegría y seguridad de estar en el buen camino. La inquietud de no encontrar la flecha y luego descubrirla, es un cambio espiritual significativo que podríamos trasladarlo a la vida. ¡Qué sensación placentera es aquella que se experimenta al comprobar que uno está en el buen camino!

Y por fin la llegada, la emocionan- te para todos Misa del Peregrino. Y digo para todos porque todas las motivaciones, todas las personas, todos aquellos que encontraron lo que buscaban o los que no buscando lo encontraron, se unen dándose un abrazo feliz, luego de hacerlo con las lustrosas y plateadas espaldas del Santo.

Es el momento donde nadie quiere irse, y una cierta ansiedad por el día siguiente, sin Camino, flota en el ambiente. En ese ambiente al que el Botafumeiro perfuma desde hace siglos, la nostalgia se hace carne, aprieta el pecho henchido de alegría y dice que, como todo en la vida, el Camino ha terminado. Luego, ya fuera, en la plaza, nadie quiere irse… deseando que el tiempo se detenga.

A los que entusiasme este peregrina- je, solo me resta estimularlos, diciéndoles que, personalmente, me resultó algo maravilloso, opinión compartida por absolutamente todos los peregrinos con quienes transité y de aquellos ex-peregrinos que he ido encontrando a lo largo de este último año, con los que se establece un código y un sentimiento comunitario que sólo lo pueden experimentar aquellos que lo han logrado.

¡Fuerza! El Camino no es llegar, sino peregrinar….y como se dice allí cada vez que se saluda a un peregrino: “¡Buen Camino!”.

Eduardo Eyheremendy.

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