Mediante el acto fotográfico, muchas veces plasmamos una realidad que nos resulta ajena, pero a su vez atractiva de formas difíciles de exteriorizar con palabras. En este sentido, la fotógrafa estadounidense Diane Arbus, fue una de las más hábiles y sensibles artistas. Aseguró: “Realmente creo que hay cosas que nadie vería si yo no las fotografiara”.

En muchas ocasiones la cámara es un refugio frente a la realidad, especialmente sobre aquella que nos disgusta y asusta, es una protección que se interpone entre la realidad y el fotógrafo. Mediante el acto fotográfico, muchas veces plasmamos una realidad que nos resulta ajena, pero a su vez atractiva de formas difíciles de exteriorizar con palabras. En este sentido, la fotógrafa estadounidense Diane Arbus, fue una de las más hábiles y sensibles artistas, capaces de captar lo morboso, desagradable y muchas veces inmoral del ser humano, de formas particularmente bellas.

Nacida en Nueva York en el año 1923 en el seno de una acomodada familia de comerciantes Judíos, Diane Nemerov (tal era su apellido de soltera), vivió una infancia y adolescencia rodeada de la aristocracia neoyorquina y llena de lujos inalcanzables para la mayoría de los jóvenes de su época. Fue también, como ella misma lo manifestó más tarde, una niña sobreprotegida y aislada de la “vida común”. Sin dudas, estos factores influyeron de sobremanera en su posterior interés en todo lo que se oponía radicalmente a lo que había sido su cómoda y aburrida vida pasada: personas marginales, enfermos, gigantes, prostitutas, familias disfuncionales, fenómenos de circo, nudistas, etc.

Ya de adolescente quería conocer ambientes menos pulcros, lujosos y limpios que los de su casa paterna. A pesar de su timidez compulsiva, exploró la otra cara de la moneda del mundo. En varias ocasiones, y acompañada de otra amiga, se aventuró por el metro de Nueva York. Los pordioseros, los borrachos y los artistas callejeros llamaban de manera especial su atención. Pasaba horas estudiando todos sus movimientos. En mucho de estos safaris de exploración por el metro no desaprovechaba oportunidad para acosar a los exhibicionistas.

Durante su carrera profesional, Arbus nunca tuvo la estabilidad y el bienestar económico del que gozo durante sus primeros años de vida.

Casada a los 18 años con el también fotógrafo Allan Arbus, la pareja comenzó realizando fotografías por encargo para el negocio de los padres de Diane. Al poco tiempo montaron un estudio que mantendrían por 20 años y paulatinamente las fotografías, tanto de Diane como las de su esposo, fueron apareciendo en revistas importantes como Vogue, Harper’s Bazaar y Esquire.

En ese tiempo, el fotoperiodismo era la pauta a seguir, era una moda indiscutible, la foto como una poética de la vida cotidiana. Los fotógrafos del momento eran Henri Cartier-Bresson y Elliot Erwin. Pero sin dudas la mayor influencia de Diane en su carrera la obtuvo de quien fuese su maestra desde 1958, la fotógrafa Lisette Model. Fue a partir de este momento donde Arbus definió un estilo propio e indiscutido.

Los personajes a quienes fotografiaba miraban directamente a la cámara, lo que hace que el flash revele sus defectos. Su intención era producir en el espectador “temor y vergüenza”. Fue Pionera del flash de relleno (flash de día). La fotografía de Diane representa lo normal como monstruoso: cuando fotografía el dolor, lo encuentra en personas normales. Provoca que la gente presuntamente normal aparezca como anormal. Rompe las reglas habituales de la composición, sitúa al personaje en el centro. Su mirada siempre es directa, con tensión y fuerza. A diferencia de alguno de los más importantes fotógrafos de la época, para ella no existe el momento decisivo, trabaja en continuo espacio temporal y obliga a los retratados a que sean conscientes de que están siendo retratados. Busca una mirada nueva, pasando del tedio a la fascinación.

Figura 1: "Niño con una granada de mano de juguete en el Central Park" (1962)

Figura 1: “Niño con una granada de mano de juguete en el Central Park” (1962)

Con el correr de los años, Arbus se convirtió en una fotógrafa de culto y su trabajo era respetado y admirado por fotógrafos de la talla de Richard Avedon y Walter Evans. Por otro lado su vida, tan convulsa y deforme como los personajes de sus fotos, formaba ya parte de su mitología.

Figura 2: "Gemelas idénticas" (1967)

Figura 2: “Gemelas idénticas” (1967)

Vestía de manera descuidada y en ocasiones hasta lamentable. Duraba semanas con una misma ropa. Su vida sexual era agitada y promiscua, las depresiones se hicieron más frecuentes y, a pesar de que su reputación de artista siempre fue ascendente, su situación económica nunca mejoró. La razón era que recibía contados encargos y muchas de sus fotos, donde dejaba el alma, despertaban todas las admiraciones posibles, pero las revistas tenían cierto prurito en publicarlas.

Figura 3: "Gigante judío en casa con sus padres en el Bronx, NY" (1970)

Figura 3: “Gigante judío en casa con sus padres en el Bronx, NY” (1970)

Finalmente, el 27 de julio de 1971, acosada por sus demonios internos y su incapacidad para lidiar con el dolor y sus erráticos estados emocionales, Diane Arbus se suicidó en su departamento de Nueva York mediante una ingesta masiva de barbitúricos y cortándose las venas. Su muerte volcó aún más la atención a su trabajo por parte de la comunidad artística internacional convirtiéndose, al año siguiente de su muerte, en la primera fotógrafa americana en exponer en la célebre Bienal de Venecia. Numerosas exposiciones siguieron a esta en los museos y salas más importantes del mundo (MOMA, Guggenheim, etc.), que no hicieron más que confirmar la calidad de su original y siempre controvertida obra, la cual, tal como se lo propuso su autora, nunca deja al espectador indiferente e invita siempre a la reflexión sobre nuestra naturaleza, nuestra realidad en todas sus facetas y sobre todo, la subjetividad de todo eso a lo que llamamos bello.

Dr. Martín Valdez

Médico radiólogo.

VIMED – Valdez Imagen Médica.

Corrientes, Argentina

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