Nos proponemos el intento de desentrañar la experiencia humana del “esplín”, no haciendo hincapié en su origen etimológico, del cual ya existen interesantes publicaciones; sino más bien, en su potencial y clave carácter historiográfico como descriptor cultural de la época actual.

El término español “esplín” tiene una originaria procedencia grecolatina, como así también, influencia de sus posteriores formas, inglesa y francesa respectivamente. Originado en el latín splen, que denota al bazo como entraña o víscera, y proveniente a su vez del griego splenikós, llega al vocablo inglés spleen, que conserva la significación de bazo, pero que también se le añade el sentido de un constante humor irritable o malhumorado (significado que también mantiene en el alemán). Respecto al vocablo francés spleen, que puede ser ya encontrado desde el siglo XVIII, éste ha ido enriqueciendo su significación a partir del uso literario por parte de variados poetas y novelistas. Del mismo modo, han aparecido en el vocablo español correspondiente nuevos ribetes de significaciones o precisiones del esplín, que se nutren tanto de su forma latina, como así también de la inglesa y francesa.

Lo cierto es que desde el original significado de este término, asociado inicialmente al órgano del bazo (recordemos que “esplénico” proviene del griego splèn o “venda”, venda que se usaba de modo pasante por la localización de dicho órgano), el vocablo finalmente acabó denotando cierto tipo de humor inglés sombrío y grisáceo. Y, a su vez, cierto tipo de melancolía aparentemente parisina.

Muy conocida es la antigua relación hipocrática entre los distintos órganos y los humores, que persistió por siglos en la medicina (figura 1).

Figura 1: Dibujo medieval mostrando los cuatro temperamentos: colérico, sanguíneo, flemático y melancólico

Figura 1: Dibujo medieval mostrando los cuatro temperamentos: colérico, sanguíneo, flemático y melancólico

Pero más allá de todos estos antecedentes etimológicos e históricos, nos interesa establecer el modo en que un vocablo aparentemente difuso en su definición conceptual, acaba denotando con cierta precisión un particular estado anímico y experiencia humana vital a partir del siglo XIX. Incluso, cuáles podrían ser los elementos socioculturales que influyeron en tal gradual precisado.

Actualmente, el vocablo español esplín es definido por la Real Academia Española como “melancolía, tedio de la vida”, apareciendo en la lengua española desde 1843. Este término es frecuentemente usado en letras de canciones, tangos, poemas y obras narrativas. Pero en todas estas expresiones literarias fue, gradualmente y a lo largo de los últimos dos siglos, adquiriendo una cualidad distintiva y específica diferenciable de la mera melancolía. Una sutil nota de ánimo tedioso, sombrío y de hartazgo ante la vida.

Es lícito que nos preguntemos entonces sobre la importancia o gravitación que lo urbano, el cemento, las industrias y zonas fabriles, han tenido en la adquisición de estas notas distintivas del esplín, ubicándolo como un sentimiento característico del hombre moderno y confinado al tétrico gris citadino. Como así también la influencia que han tenido todas las instituciones de encierro propias de la modernidad.

Es interesante el recorrido que realiza Charles Baudelaire (figura 2) en sus poemas Las Flores del Mal (1857) sobre la vivencia del esplín.

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Figura 2: Retrato del escritor francés Charles Baudelaire (1821-1867), por el fotógrafo Étienne Carjat (1863)

En ellos, muestra su intento de escapar por medio de distintos ideales (el arte, la belleza, lo erótico, etc.) del tedio a la vida que experimenta y, sin embargo, cómo termina cayendo en el mal y en un desorden vital, del cual sólo se puede huir muriendo. En algunos de los poemas del apartado Spleen e Ideal (como ser el caso del Poema 75 Spleen I), liga directamente el tedio vital a la vida citadina. Asimismo, en Cuadros Parisinos, descubre en el paisaje exterior de la ciudad y de las calles, el problema esencial de la condición humana, como si la vida urbana fuera el reflejo de la miseria y los males que habitan el corazón del hombre.

¿Cuánto de la repetición de la vida moderna abriga el tedio contenido en el esplín? ¿Cuánto de ese tedio contiene la experiencia del obrero moderno descripta por Albert Camus (figura 3) en El mito de Sísifo?. Ese obrero, que día tras día siente un proceso anómico en la repetida labor diaria que lo hace sentir fútil y alguien más entre la anónima masa. También en la novela El Extranjero, Camus plantea la imposibilidad de disfrutar de una vida en comunidad y el hastío por los otros que, si bien lo rodean, lo hacen sentir aún irremediablemente solo.

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Figura 3: El escritor francés, nacido en Argelia, Albert Camus (1913-1960) en 1957 (foto: Robert Edwards)

Las menciones del esplín aumentan conforme aumenta la medida de la modernidad en la literatura. A partir de la inauguración de la poesía moderna con Baudelaire, encontramos su mención en tantos otros. Muchos escritores describen esta vivencia como un sombrío fastidio citadino equiparable al deseo de nada, similar a la muerte.

En la novela Flavio, Rosalía de Castro (figura 4) describe el estado de ánimo del protagonista asociándolo a un síntoma de época:

Una lluvia menuda y penetrante caía sobre la ciudad de…, triste y sombría como el sepulcro. Era la hora del crepúsculo cuando Flavio atravesaba sus calles desiertas y mudas como el silencio, sin que nada viniese a arrancarle de su mal humor y de su abatimiento.”

Al cruzar aquellas calles, enlodadas y angostas; al contemplar aquellas casa de abigarrado color, que parecía iban a derrumbarse las unas sobre las otras; al ver el pequeño pedazo de cielo que les cubría, encapotado y sombrío, tanto que podía creerse no llegaría jamás a iluminarlo un sol claro y transparente, el corazón de Flavio se oprimió y experimentó tedio y disgusto de la vida.”

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Figura 4: La escritora gallega Rosalía de Castro (1837-1885). Fotografía de 1880

En Versos a la tristeza de Buenos Aires (Ocre, 1925) de Alfonsina Storni (figura 5), observamos la típica representación de la ciudad tan presente en la literatura argentina de la década del veinte:

Tristes calles derechas, agrisadas e iguales,

Por donde asoma, a veces, un pedazo de cielo,

Sus fachadas oscuras y el asfalto del suelo

Me apagaron los tibios sueños primaverales.

Cuanto vagué por ellas, distraída, empapada

En el vaho grisáceo, lento, que las decora.

De su monotonía mi alma padece ahora.

-¡Alfonsina!- No llames. Ya no respondo a nada.

Si en una de tus casas, Buenos Aires, me muero

Viendo en días de otoño tu cielo prisionero

No me será sorpresa la lápida pesada.

Que entre tus calles rectas, untadas de su río

Apagado, brumoso, desolante y sombrío,

Cuando vagué por ellas, ya estaba yo enterrada.

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Figura 5: La poetisa Alfonsina Stroni, nacida Sala Capriasca (Suiza) en 1892 y fallecida en Mar del Plata en 1938

Como éstos, podemos citar múltiples ejemplos literarios modernos y posmodernos, que abordan el tedio citadino como experiencia de anomia aplastante. Experiencia que se condice bastante con el modo en que Rollo May (figura 6) plantea el posible fracaso en el atravesamiento de la vivencia del dilema existencial del hombre actual. Ese que consiste en la oscilación entre el sentirse objeto y sujeto a la vez. En el caso del esplín, lo humano pareciera tornarse un objeto más de la urbe, tan fútil como el cemento. El dilema existencial se anula así de modo certero, ya no hay oscilación en el extremo del hombre cosificado.

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Figura 6: El psicólogo y psicoterapeuta existencialista estadounidense Rollo May (1909-1944)

Es así que la literatura a partir de los siglos XVIII y XIX reconoce y manifiesta esta nueva forma de sensibilidad parcialmente diferenciada de la melancolía y vinculada parcialmente con la tristeza y el aburrimiento. La literatura occidental da cuenta de un recientemente perceptible signo de la modernidad. Un síntoma de la anomia cultural moderna, que es en su origen la contracara negativa a la promesa de progreso que inaugura la revolución industrial. Cabe plantearnos cuánto de esta contracara negativa no sólo sobrevive y perdura, sino que recrudece en los tiempos pos-industriales de ilusiones y promesas ya perdidas y siquiera esperadas.

¿Cómo se manifiesta el esplín en las actuales sociedades de control a cielo abierto, tan diferentes a las modernas o disciplinarias? ¿Sigue siendo el esplín un signo de época en tiempos de post-capitalismo?

Inmersos en la globalización mundial, y específicamente en la pseudoglobalización latinoamericana actual (H. García Canclini), aparecen nuevas experiencias emocionales que dan cuenta de una nueva sensibilidad, ya muy distantes del romanticismo o simbolismo literario, pero que enriquecen la comprensión de nuestra experiencia humana contemporánea. Y esto es lo que ha sucedido y está sucediendo con el esplín. Al hastío típicamente citadino experimentado en el pasado por el modernismo romántico se le fue agregando, en las últimas décadas, la nota de un tedio particular que se expresa en la acentuación de la incapacidad del sujeto para significar, para otorgar sentido al mundo circundante.

No poder apropiarse del mundo es no lograr “nuestro” mundo, y entonces tampoco poder habitarlo. Esta experiencia de la soledad como no poder decirla, tal como la concibe Alejandra Pizarnik (figura 7), nos hace percatarnos de un sentimiento de soledad y vacío mucho más existencial y esencial, vinculado más a la pérdida o imposibilidad de otorgar sentido a la experiencia vital en general, que a la mera imposibilidad de disfrutar de la vida en comunidad.

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Figura 7: La poeta argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972), fotografiada por Sara Facio en 1967

El esplín es, comprendido así, una des-humanización de lo humano, una pérdida de lo vital. Una muerte en vida. Un proceso zombie más entre los múltiples ejemplos que nos brinda la cultura actual. Proceso que se profundiza en el borramiento subjetivo que promueve y abriga la cultura post-capitalista.

Ese paseante o deambulador vacío, hastiado, zombie, que añora la humanidad que el gris citadino le arrebató, que la masificación de lo global le quitó, que la dispersión subjetiva y el vértigo de lo transitorio y efímero, le impidieron significar. Ese paseante embotado, que Walter Benjamin (figura 8) considera incapaz de procesar la experiencia metropolitana como un todo, quizás por la hiperestimulación que se le presenta ante sus ojos, quizás por lo fragmentario de las sensaciones, pero que en definitiva, es considerado un enfermo de urbanidad deshumanizante.

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Figura 8: El escritor alemán Walter Benjamín (1892-1940)

¡Cuánto aprisionan y vigilan actualmente los mass-media y la desbordante información, como otrora los muros urbanos! ¡Cuánto embotan los contemporáneos medios informáticos como las frías paredes que encarcelan y encarcelaban el cielo!

¿Es el esplín tan oscuramente, tan grisáceamente descripto, como el exceso de esa bilis negra que causaba melancolía al antiguo ciudadano griego de la polis?

¿Es tan rojiza, o más bien, tan morada, tan morena amarillenta, la vivencia de esplín? ¿Es tan morada o moreteada, como denotaba el vocablo latino “badius” al bazo, a lo esplénico?

Lo cierto es que, incluso en la medicina tradicional china y japonesa, el bazo o lo esplénico, está psíquicamente vinculado a lo terrestre, al pensamiento meditativo y redundante, en su aspecto más equilibrado; y a la rumiación u obsesión desmedida que nos desconecta de lo vital y de lo simbólico, en su aspecto más desequilibrado. Los problemas en el bazo son comprendidos por la medicina oriental como el resultado del fracaso de todos los mecanismos obsesivos, de todos los intentos de control de lo vital por medio del inadecuado uso del pensamiento. Como expresiones del desánimo y de la falta de reservas interiores. Como un sentimiento de vacío interior que nos borra la integridad de lo vital, dejándonos sin deseos ni defensas, anulándonos como sujetos.

Retomando la importancia que el esplín adquiere en la cultura actual como experiencia humana emergente, y principalmente como signo de modernidad y urbanidad, deberíamos revisar el modo en que Philipp Lersch (figura 9) concibe a la vida moderna, y junto a ella, a la racionalización como nota constitutiva de la modernidad.

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Figura 9: El psicólogo alemán Philipp Lersch (1898-1972)

Comenzaremos por la caracterización del proceso de desinteriorización que padece el corazón del hombre, descripto en El hombre en la actualidad (1967) que, si bien no menciona explícitamente al esplín, nos da variados indicios de sus probables causas y elementos distintivos. Indicios que nos ayudarán ulteriormente a comprenderlo como fenómeno o experiencia, pasible de ser considerada como un mal de época.

La desinteriorización del corazón del hombre sobreviene a partir del progreso de las ciencias naturales, de la técnica y de la valoración de los campos de la industria y de la economía que fueron lentamente haciendo que el mismo se preocupe más por su condición externa y progreso material que por su riqueza interior. Es así, que el alma humana ha llegado hasta un callejón sin salida, en el que nos encontramos con una carente concepción filosófica del mundo, una debilitada religiosidad, una despoetización del mundo y la despersonalización resultante de los fenómenos de masa y de tecnificación de la vida.

El predominio del racionalismo y del concepto como instrumento para dominar el mundo, opera en desmedro de la contemplación, del cuidado y valoración espiritual del medio, empobreciendo el alma.

Lersch plantea cómo la racionalización ha llevado al hombre actual a perder su sentimiento de unidad psíquica (y en esto, influye mucho el exceso de informaciones), a despoetizar el mundo reduciendo casi todo a lo grotesco e instintivo como nuevo modo de primitivismo, y a perder el contacto directo con la vida. Estas notas esenciales de la desinteriorización del corazón del hombre, de su pérdida de interioridad, connotan la parcial o total desconexión con nosotros mismos, con “aquel centro íntimo, nuestro yo”, tal como expresa el autor.

¿Cuánto de la despoetización del mundo y del sentimiento anómico propio de la masificación, encontramos en la experiencia del esplín? Ha, entonces, la modernidad racionalista y tecnificada, conducido nuestros corazones al tedio, al embotamiento grisáceo, al encierro en el callejón melancólico del hastío por la vida. Hay ciertamente en el esplín un descentramiento o alejamiento de nosotros mismos, un ahogo de la resonancia que los otros y el mundo nos imprime, un vacío interior, una especie de encierro extraño, ya que es un encierro, fuera de nosotros mismos.

En La estructura de la personalidad (1938) Lersch logra rodear fenomenológicamente a la experiencia de esplín, consiguiendo que su hermenéutico rodeo descriptivo ponga de manifiesto el de-velado de sus notas esenciales. Establece que el esplín sobreviene en el caso de que un hombre sienta incapacidad emocional o anímica. Una pobreza vivencial que se traduce más cabalmente como un sentimiento de vacío interior. Como si internamente, todo estuviera muerto. Y que este estado puede sobrevenir tanto en la normalidad como así también en la enfermedad mental, aunque de modo cualitativamente diverso. Ante este estado existencial de vacío interior, el esplín es la conducta por medio de la cual el individuo ofrece una apariencia interesante mostrándose aburrido o indiferente ante todo lo que los otros entienden como importante. El esplín es la desvalorización de los demás y del mundo por sentirse sobrevalorado respecto a ellos, pero como respuesta sobrecompensadora y defensiva de una propia y profunda incapacidad vivencial. Es un modo de la inautenticidad, una postura ante el vacío existencial.

Si bien, en Lersch, encontramos una variante del esplín, más considerado como una conducta, estado o postura, que como un sentimiento o vivencia, no podemos dejar de vislumbrar la raíz común de la incapacidad vivencial o vacío interior, como experiencia humana desvitalizada y vaciadora de sentidos.

En síntesis, así como encontramos en las manifestaciones literarias y artísticas en general, un mayor número de citas y manifestaciones de esta experiencia humana, paralelamente y a la vez, y abonando su consideración como posible signo de modernidad, también observamos en la práctica clínica cotidiana el consecuente aumento de las patologías del vacío, de las patologías del falso self. Ya sea en aquellas manifestaciones clínicas que se caracterizan por la difusión de la identidad y del sentimiento de mismidad, o bien en aquellas patologías caracterizadas por el impulso y la búsqueda vertiginosa de sensaciones y riesgos que recuerden al sujeto que está vivo. Patologías que emergen en subjetividades muy volcadas al exterior, como fuera de sí mismas y de su resonancia íntima.

La experiencia del esplín, del fastidio corporal y del hastío psíquico, se encuentra actualmente no sólo muy presente en las patologías intermedias (y de esto son un caso paradigmático las adicciones), sino también, aunque ya aclaramos en diferente grado y cualidad, en la mayoría de las subjetividades actuales que no denotan trastornos de la personalidad, ni desórdenes mentales de ningún orden. Es entonces, desde este lugar, que pensamos al esplín como un posible signo de nuestra época, como un resultado probable más de la endoculturación moderna y posmoderna.

Prof. Lic. Diego L. Bibian

Psicólogo – Evaluación psicodiagnóstica y clínica de adultos y adolescentes

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Etimología y Medicina, Literatura y Medicina
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