El pecho (The Breast) es una novela corta del autor estadounidense Philip Roth, publicada en 1972. Narra la historia de David Kepesh, quien se convierte en un pecho de 155 libras. Kepesh enfrenta una lucha interna: parte de él desea sucumbir a sus deseos carnales, mientras que otra parte desea ser un ser racional. Kepesh, un profesor de literatura, compara su desdicha con la de Gregor Samsa en La metamorfosis de Kafka y la de Kovaliov en La nariz de Gógol.

David Kepesh, Zuckerman y Portnoy atraviesan la obra de Philip Roth. Son sus voceros incondicionales, los portavoces de su conflictiva vital.

Ya, desde su primera aparición,  Roth  cargó  a este convulsivo  profesor de literatura de Nueva York con parte  de  sus cuestionamientos  sobre la sexualidad, las emociones, las convenciones sociales, la senectud  y la  muerte. David Kepesh, debutó en 1972  en la breve novela El Pecho, pero su protagonismo continuó en las novelas que hoy conforman la “trilogía Kepesch”: El pecho, El profesor del deseo y El animal moribundo.

El Kepesch del El profesor del deseo (1977), es un joven formal, solitario, consagrado a la literatura europea y a los estudios lingüísticos, que  revisa su juventud con una lupa detenida en sus experiencias sexuales y en la relación que sus deseos guardan con la literatura que enseña.

En su última aparición, El animal moribundo (2001), Kepesh ya es un  maduro  profesor, acorralado entre el imperativo de  la lujuria,  la negación y el miedo a la vejez,  y el brusco enfrentamiento con la  vulnerabilidad.

El pecho se abre sin preámbulos. Tanto el lector como el protagonismo son  sumergidos en una atmósfera intrigante. Sus primeras líneas encierran el peso de una certeza  rodeada de incertidumbres. Un día, la rareza  quebró la cotidianeidad  de Kepesh.

“Empezó de una manera rara… una comezón suave y esporádica en la ingle. Durante aquella primera semana, iba varias veces al día al lavabo de la facultad  para bajarme los pantalones, pero al examinarme, no veía nada (…) decidí hacer caso omiso del picor pero me equivocaba. Era algo. Transcurrió otra semana antes de que distinguiera una coloración rosada apenas perceptible de la piel bajo el vello púbico; era una mancha tan tenue que finalmente me obligué a no seguir mirando, diciéndome que no era más que una pequeña irritación, nada preocupante. Al cabo de otra semana, la piel en la base de mi pene había adquirido una tonalidad rojo pálido. De inmediato concluí que se trataba del tinte de mis calzoncillos. (…) me enjaboné tres veces con una gruesa capa de jabón, masajeándome mientras contaba hasta sesenta. Cuando me  enjuagué la mancha seguía.…”

Pero esa  preocupante picazón y el cambio de coloración se veían compensados por un extraordinario incremento de la sensibilidad erótica. Sin embargo, esa ruta de incertidumbre y zozobra  pronto llegaría  a su fin: a las cuatro de la madrugada del 18 de febrero de 1971,  David Kepesh, se despertaría,  a sus  38 años,  transformado en un esponjoso pecho femenino, setenta kilos de tejido adiposo homogéneamente distribuídos en  su metro ochenta de estatura.

“Por un extremo estoy redondeado como una sandía, por el otro finalizo en un pezón, de forma cilíndrica, que se proyecta  trece centímetros desde mi «cuerpo», perforado en la punta por las aberturas de los conductos lactíferos. (…)

Mi piel es suave y «juvenil», y sigo siendo de «raza blanca». El color del pezón es rosado como la mancha en la base del pene que descubrí la noche en que empezó todo.”

Kepesch estaba ciego. Esta perturbadora transformación lo había privado de los sentidos. No sólo no podía ver, tampoco podía oler, saborear ni moverse  por su cuenta,  pero  conservaba  un atenuado oído,  una leve voz que emanaba del diafragma, y  un exacerbado  y voluptuoso tacto. De inmediato, fue internado en una habitación especial del hospital Lenox Hill. Su condición requería cuidados especiales.

Desde ese momento, cada día significaría una epopeya de autorreconocimiento donde sólo la palabra de los médicos y las enfermeras le permitirían orientarse en esa nueva geografía basculante. No bien algún profesional  ingresaba  al cuarto, Kepesh  arrojaba su artillería de preguntas:

“—Cálmese, señor Kepesh —me dijo una mujer—. Solo le estoy lavando. Me limito a lavarle la cara.

—¿La cara? ¿Dónde está la  cara? ¿Dónde están mis brazos? ¿Y mis piernas? ¿Dónde está mi boca? ¿Qué me ha ocurrido?”

Los médicos atribuían “ese cambio” a “un accidente endocrinológico”, “un influjo hormonal masivo” o  “una explosión hermafrodítica de cromosomas”,  pero David no aceptaba esas  explicaciones racionales que le daba el Dr. Gordon sobre las hormonas como responsables  de su “enfermedad”. El no podía evitar asociar  su  condición actual  a una  imagen escapada de un perturbado pincel de Dalí.

“Ahora los médicos sostienen que la piel arrugada y áspera del pezón ( exquisitamente sensible al tacto) se ha formado a partir del glande. La fruncida y rosada areola que rodea al pezón parece ser una metamorfosis del miembro bajo el ataque de una secreción volcánica del fluido «mamogénico» de la pituitaria.”

Su percepción personal de catástrofe biológica y existencial quedaba muy lejos de las explicaciones racionales de los médicos.

“…. esto que me pasa es como si me hubiesen disparado una y otra vez desde un cañón contra un muro de ladrillo y a continuación me hubiera pisoteado un ejército de botas. En realidad era más bien como si hubiera sido un hombre de caramelo masticable, extendido en direcciones opuestas por el pene y las nalgas, hasta llegar a ser tan ancho como largo había sido.”

Esa distancia interpretativa lo sumergía en una profunda soledad emocional, momentos en los que sólo la sedación era el único recurso posible. Kepesh atravesaba por todas las reacciones imaginables: desde el desconcierto y la incredulidad, hasta la subversión.

Una tarde, el Dr. Gordon ingresó a la habitación acompañado por Klinger, el psicoanalista de Kepesch. Ambos debían hablar con él. Kepesh debía  ser informado de cuál era su situación actual. Así supo que “… vivía en una hamaca, con el pezón en  un extremo, la redondeada y prominente parte inferior en el otro, y con dos cabestrillos de terciopelo sujetando mi  volumen en su lugar…”

Portento mitológico o delirio surrealista. Kepesh convivía con la sensación de estar vigilado todo el tiempo por cámaras escondidas en el cuarto del hospital donde lo visitan su novia y sus colegas de trabajo. Esto lo llevaba a  preguntarse  por su derecho a la confidencialidad y a la intimidad. ¿Estaría saliendo su imagen en las pantallas de algún circuito cerrado de televisión? ¿Se estaría vendiendo a los medios? ¿Cómo  saberlo? ¿Qué les impediría mentirle? ¿Cabe el concepto de dignidad para una enorme masa  tibia y esponjosa?

Entre tanto desasosiego, una mañana como tantas otras en  las que lo higienizaban, descubrió en las manos de la enfermera Clark, una subvertida y provocadora sensibilidad erótica. Esto lo enfrentó a un dilema: dejarse llevar por el deseo carnal o amordazar ese eros desmedido, como seguramente cualquier sujeto racional haría, más aún, en su situación. Pero asumido como una libidinosa y extensa superficie erógena, Kepesh optó por entregarse a los placeres carnales, reclamando  así constantes caricias y masajes que saciaran su desmedida excitación. A partir de entonces, la búsqueda de la satisfacción sexual pasó a regir su agenda cotidiana. Kepesh era un hombre-pecho  inundado de deseo erótico. Un enorme globo rosado de carne anhelante.

– Ser un hombre juicioso… ¡en estas  condiciones!¡ Pero esa  es una pretensión absurda de su parte, doctor! ¡Quiero que Claire haga lo que deseo!¿Qué tiene  eso de grotesco? Que se me niegue placer en esta situación…¡eso sí que es grotesco!¡Dígame qué motivos hay para no hacerlo! Usted me tortura … me impide que consiga lo que deseo. Estoy aquí tendido y soy  juicioso! Y en eso radica su locura, doctor … ¡en ser juicioso!

Observador crítico de las convenciones sociales, siempre cuestionaba  los criterios de “normalidad” y “anormalidad”. El hospital echó mano a sus recursos para regular los deseos subversivos de este paciente: charlas con el psicoanalista, la aplicación  de un anestésico local previo a la  higiene para disminuir su  sensibilidad, y el cambio de las delicadas manos femeninas por las del enfermero Brooks.

“…ahora, totalmente anestesiado y en manos de un hombre, puedo recibir las abluciones matinales más o menos como cualquier otro inválido.”

La sexualidad, como convención social normatizadora o como criterio de subjetividad, es uno de los temas de reflexión que entreteje esta bizarra alegoría  kafkiana con aires de comedia surrealista. De alguna manera, Roth destiñe una pincelada crítica sobre la Medicina como agente regulador de las acciones privadas.

En todas sus apariciones narrativas, el erotismo y la sexualidad perturban  a David Kepesh convirtiéndose en uno de los rasgos dominantes de su identidad. Detrás de la silueta de este voluptuoso neoyorkino está Roth, levantando las banderas de una sexualidad sin censuras, un áspero crítico de la pacata moralidad de la sociedad  americana de su tiempo. Sin dudas, El Pecho es la lucha por la redefinición y reconquista de una erótica personal.

Seguramente Kepesh era un paciente ¨difícil”, no sólo por su  perturbadora apariencia externa sino también por su mundo interno que  transitaba entre la realidad y la ficción literaria. Kepesh era un hombre de letras. La literatura conformaba su mundo y configuraba su visión del mismo llegando  así al peligro  de  asimilar hombres reales  a personajes, y viceversa.

Deudora directa de La metamorfosis de Franz Kafka y de La nariz de Gogol,
Roth, en El Pecho, hace con Kepesh, lo que Cervantes hizo en el Quijote con su  protagonista: la construcción de una realidad imaginaria donde ellos mismos son su propio personaje. Así, traza un paralelismo imaginario con la  desdicha de Gregorio Samsa, quien un día se despierta convertido en escarabajo:

– ¿Y qué cree que le ha hecho, como dice usted, «volverse loco»? —inquirió el doctor Klinger.

¿Qué podría haber motivado que una persona sufra un delirio tan completo e impenetrable?

-… he pensado que esto procede de la literatura. (…) idolatraba a los autores, su imaginación y su poderío casi me hipnotizaban… Los libros me han metido esta idea en la cabeza… Gogol y Kafka, explicar La nariz y La metamorfosis con tanta convicción. Entonces di el salto: convertí la carne en palabra. ¿No lo ve? He sido más kafkiano que el mismo Kafka… ¿quién es el artista más grande, el que imagina la transformación o el que se transforma a sí mismo? La cuestión es que ahora estoy loco, ¿verdad?

– Usted no está loco. No sufre ningún delirio. Es un pecho.

Kepesch nunca aceptó esa explicación de la crisis endocrinopática de la que le hablaban los médicos.

Semejante transformación violentaba los límites de la verosimilitud y de su  comprensión. Que un hombre, de la noche a la mañana, se convirtiera en glándula mamaria es sólo posible en la imaginación, el sueño, la alucinación o el delirio.
Kepesh sentía impotencia ante una situación que sobrevino de manera súbita y hermética a la comprensión  irracional.

El necesitaba hacer de la literatura su imaginario salvoconducto redentor. Sin embargo, una vez más, Klinger fue rotundo: las hormonas y la literatura son dos cosas diferentes y  su caso no se debía a ninguna sobredosis de lecturas.

El poder de la palabra literaria como fuerza transformadora de la realidad es el otro  núcleo de reflexión de la novela.

En ese contexto, sólo le quedaba el refugio de la resignación. La  sociedad nada tenía para ofrecer a quien se saliera de sus carriles. Ya dependería sólo de él cualquier  posibilidad de significar y trascender esa realidad inmediata.

Mediante esta metáfora trágica de la violenta transformación física de un hombre en un momento estable y apacible de su vida, este eterno candidato al Nobel de Literatura le toma el pulso a la cotidianeidad absurda del hombre contemporáneo.

Pero finalmente, ofrecerá  a su  personaje la posibilidad de la epifanía. Una vez más, David Kepesh  echará mano a la literatura: un poema de Rilke definirá su nueva forma de estar en el mundo. Sin metamorfosis no habría posibilidad de cambio, nada más parecido a la supresión de la vida, o lo que es lo mismo, a la muerte.

TORSO DE APOLO ARCAICO

No conocemos la inaudita cabeza,
en que maduraron los ojos. Pero
su torso arde aún como  candelabro
en el que la vista, tan sólo reducida,

persiste y brilla. De lo contrario, no te
deslumbraría la saliente de su pecho,
ni por la suave curva de las  caderas viajaría
una sonrisa hacia aquel punto donde colgara el sexo.

Si no siguiera en pie esta piedra desfigurada y rota
bajo el arco transparente de los hombros
ni brillara como piel de fiera;

ni centellara por cada uno de sus lados
como una estrella: porque aquí no hay un sólo
lugar que no te vea. Debes cambiar tu vida.

Rainer M. Rilke

Lic. Isabel del VAlle

Literatura y Medicina
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