Heraldo. La historia de un hombre pobre con un corazón rico

Dr. Marcelo García (Río Cuarto, Provincia de Córdoba).

 

PROLOGO

En plena sierra de Córdoba, en la antigua provincia de los comechingones y más precisamente en el valle del Conlara, único río en el país que corre de sur a norte; allí  donde reina la tranquilidad vertebrada con la naturaleza, con una flora rica en hierbas medicinales inmersas en un marco donde los agentes atmosféricos y la formación geológica crean la ionización negativa, características  éstas que permiten se forme un microclima,  haciendo de este valle  transerrano, un paraíso. Sí un paraíso, apenas conocido en el que hace poco más de 158 años, cuando el cálido verano evaporaba el aroma del poleo y del tomillo,  coincidiendo que Caseros señalaba el fin del poder rosista, un grupo de vecinos dan origen a una población que luego se llamaría Villa de la Paz .

Un habitante especial de esta pequeña población es nuestro amigo Heraldo, quien  marcó un cambio y se convirtió en una leyenda.

Es por ello este cuento en honor a tan sencillo hombre.

 

CAPITULO 1

Heraldo es el único hijo de un humilde linaje. Su padre Juan Ramírez falleció sorpresivamente a los 58 años, justo en la fecha que estaban festejando su día y su madre, Mercedes Fumero, falleció a los 64 años por bronconeumonía. Dada esta drástica situación familiar, Heraldo de joven comenzó a trabajar como peón  en una campo vecino por algo más de 12 años. Sus mejores años de juventud se vieron envueltos en largas jornadas laborales sin descanso, tratando de realizar su trabajo de la mejor manera posible acorde a sus principios básicos, poniendo todo el esmero y entusiasmo, razón por la cual sus patrones se convirtieron en mucho más que eso, ocupando varios roles carentes en la vida de Heraldo. Transformándose  en  algo así como una Familia adoptiva, empeñándose cada vez más en compensar en trabajo el cariño recibido.

El destino lo enfrentó con el amor de su vida, Cristina, y no dudó ni un momento de  sus sentimientos hacia ella, por lo que en poco tempo se casaron en una humilde fiesta que duró, según dicen los vecinos, alrededor de tres días. La vida le regaló a los dos años un  hijo  al cual, de mutuo acuerdo, le pusieron de nombre José. De fisonomía de cara y  cuerpo muy parecida a su esposa, con  rostro anguloso, pelo negro y ojos color miel algo hundidos. Ojos de los que siempre decía Heraldo: “son tan claros que me permiten leerte la mente por eso te entiendo continuamente”.

Pasaron casi dos años disfrutando de la compañía de José, hasta  que la falta de apetito y unas náuseas fueron los predictores de la noticia. Se anunciaba el hermanito de José. A los 7 meses nació otro varoncito a quien, entre dos nombres posibles, decidieron bautizar como Ramón,:“cortito y gordito como el padre”, dijo la hermana de Cristina apenas lo vio nacer. Después los sorprendió un atraso prolongado mientras se daba de amamantar a Ramoncito. El doctor y la cigüeña anunciaban la llegada de su tercer hijo, con pocos meses de diferencia. Cristina no anduvo nada bien durante el embarazo, la palidez cadavérica preocupaba mucho al doctor del pueblo, quien decidió, a última hora, con el embarazo muy avanzado, derivarla a Villa Dolores para su mejor manejo. Durante el traslado una exagerada hemorragia  acompañada de su aterradora anemia, complicaba mucho más aún la situación. Cristina, como perdida, pidió a Heraldo que tomara su mano y la apretara, entregando a éste una llave con un significado muy especial,  mientras la ambulancia se deslizaba por la ruta a la prudencial velocidad que podía.  Heraldo sabía que  se tornaba cada vez más severo el cuadro. Acarició la cara de su esposa, notó su mirada perdida, resignada, entregada al destino. Su piel estaba fría y apergaminada, parecía como si todos los años se le habían venido encima. En su vientre, la criatura no dejaba de moverse, y  con  inmediatas contracciones cada vez más largas en duración, como si quisiera nacer, sabiendo el trágico desenlace que le esperaba. Heraldo trataba de consolarla sacando fuerza de un corazón, aunque ya exhausto de tanto sufrimiento, sobre todo al ver el paño inundado de sangre que tenía Cristina entre sus pálidas piernas…

– “¡Dale hermano que se nos va la vieja!”, dijo Heraldo desesperado…

– “Estamos en la entrada, en unos minutos estaremos en el hospital, ya están avisados de la urgencia del caso”, contestó el chofer.

Al llegar  al hospital,  el médico, con los guantes puestos y la preocupación propia del caso, con sólo constatar el estado de shock indicó pasarla a quirófano urgente. Mientras la preparaban, Cristina con el último suspiro preguntó por Heraldo. El, al escuchar la voz de Cristina, sintió que la esperanza coronó su corazón y entró a los saltos: -¿qué pasa, mamita?, ya nacerá nuestro hijo y estarás bien…

– Me voy viejo…te amo y gracias por hacerme feliz… suspiró y al grito de la enfermera de paro, la entraron como estaba al quirófano.

Los minutos fueron interminables, no quedaban uñas por comerse, cada movimiento era estudiado y la esperanza no se perdía hasta que la cara del médico tratante, al salir de la sala, anticipaba la nefasta noticia.

– “Lo siento, falleció su señora, pero logramos al menos, extraer por cesárea con vida a su hijo. El aspiró un poco de líquido amniótico, pero seguro estará bien. Lo tenemos que dejar internado unos días para observarlo mejor”, le explicaba mientras lo abrazaba.

Así es como el destino le jugó la peor de sus cartas llevándose a su amada el 10 de octubre de 1992 a las 18:16 horas, fecha y hora que nunca pudo borrar de su memoria.

Heraldo no entendía nada, una nube entorpeció su pensamiento y sólo atinó a sentarse y tratar de entender. No tardó mucho en comprender, y una crisis de llanto brotó de su corazón herido, no dejando de gritar: ¡te llevaste a mi vieja, Dios! ¿Por qué? Sobre todo ahora que más la necesitaba, ¿por qué Dios, por qué? La familia, al ver el estado de Heraldo, trató de consolarlo explicando que el destino por momentos es sabio, se lleva una vida para traer otra nueva. Sin embargo, para Heraldo no había consuelo de ningún tipo. Una vieja amiga llamó al sacerdote del pueblo que al enterarse de la necesidad de consuelo,  como estaba vestido fue corriendo hasta el hospital y sin dudarlo lo tomó del brazo y lo dirigió a una sala contigua. Le habló, nadie sabe qué le dijo y seguramente nunca lo sabremos. Lo primero que hizo Heraldo  al salir de la sala, junto al sacerdote, fue dirigirse a la habitación y al estrellarse con el cuerpo sin vida de su amada esposa, rezó a su amigo Dios, que minutos antes casi había llegado a odiar, pidiendo especialmente una bendición  para ella.

La única palabra que mencionó muchas veces Heraldo, de ese momento mágico con el sacerdote fue: “ahora se convirtió en un pedazo de eternidad”… repitiéndolo cada vez que la extrañaba o rezaba por ella y apretando fuerte la llave que tenía colgada hasta el último día de su vida en el cuello.

 

CAPITULO II

Los días que siguieron fueron muy difíciles acostumbrarse a vivir sin Cristina, sus hijos que aún preguntaban por su madre y la esperaban mirando a la ventana y por si faltaba algo por lo cual sufrir, estaba la frágil salud de su hijo menor, Ezequiel. El nació muy delicado, asmático y con severos problemas respiratorios, requiriendo controles semanales y medicinas sumamente costosas para lograr el equilibrio clínico.

Consumiendo gran parte de su tiempo en la educación de sus hijos y en los quehaceres de la casa, razón por la cual la estancia, donde había brindado sus servicios por casi veinte años sin faltar ni un solo día, comenzó a verlo llegar por la mañana un poco más tarde. A su vez también venirse al mediodía, cosa que antes nunca hacía, con el sencillo propósito de preparar la comida, para luego de comer, partir lo más de prisa, lavar y ordenar, volver a trabajar, y antes de la caída del sol, volver al domicilio. Desde que enviudó, muchas manos de su pueblo solidario se ofrecieron, siendo una de esas, la de su vecina de casa, Luisa Benavides, una viuda que no pudo tener hijos por razones naturales, pero paradójicamente una madraza de vocación, que adoptó de corazón a los pocos días a José, Ramón y Ezequiel.

El trabajo cada vez  le alcanzaba menos para alimentar y educar a sus hijos, pero se las arreglaba para trabajar todo el día en el campo, y al anochecer, al llegar a su casa, realizar algunas changas, sin olvidar que lo esperaba en el poco tiempo libre, cumplir el rol de padre y madre. Los días fueron pasando como si pusieran una capa de piel sana sobre una herida aún abierta, siendo un paliativo llevadero. Los chicos crecieron, las necesidades económicas fueron laboriosamente descolladas, y si hay algo que nunca faltó en ese hogar, fue el respeto mutuo, el amor y la solidaridad celosamente invocada por su padre.

Al enterarse el dueño de la estancia, don Ravagnani, de todos los trabajos de Heraldo para apenas salvaguardarse, no se le pudo sobrevenir mejor acto de caridad que dejarlo sin trabajo una fría mañana. Hablándole ariamente, apenas entraba a trabajar, le explicó una situación que ni para él era lógica como la pintaba. Pasó pausadamente a explicar la situación de su hijo, quien volvía de la capital, dado que todos estos años de estudios no habían dado ningún fruto, y porque que le había suplicado venir al pueblo con su mejor amigo, y vivir en el campo. En estos años, los chicos se hicieron buenos amigos, redundando, porque todos los amigos son buenos, trataba de explicar Ravagnani ante la mirada absorta de Heraldo. Culminó tan fríamente como empezó, diciendo: “por lo que a partir de ahora prescindirán de los servicios de Heraldo”, e inmediatamente al terminar de pronunciar estas hirientes palabras, sacó un moderno celular, calculó los días trabajados por Heraldo ese mes, le explicó rápidamente la cuenta analizada y le entregó los ajeados billetes correspondientes. Innegablemente no pudo seguir actuando tan fríamente ante esa mirada sorprendida, resignada y melancólica de Heraldo, quien volvió a llorar desconsoladamente a pesar de la promesa de no volver a hacerlo después de la muerte de su esposa.

– “Toma Heraldo, esto es aparte”, dijo Ravagnani como con desprecio, tratando de atenuar la tensa situación.

– “No hace falta, solo déjeme despedirme decentemente de mis compañeros”, contestó Heraldo sentenciado.

En el camino a su casa, la depresión emergió nuevamente, su corazón sentido pero en vías de cicatrización se sintió nuevamente vulnerable, lacerando más profundamente una herida que juzgaba internamente como de imposible solución. Su inconciencia generaba un torbellino de pensamientos. Bronca, odio y resignación, eran las sensaciones dominantes. Miró al cielo, más que buscando, esperando el consuelo, y continuó hacia la morada. Al abrir la puerta, a pesar del disimulo, Luisa fue la única que percató la cara sospechosa de una adversidad inminente.

Heraldo, al entrar, sonrió sacando fuerza sobrenatural. Para poder hacerlo, preguntó si ya habían  desayunado y se sentó abrazando a sus hijos mientras los sentaba a los tres sobre la falda.

– “¡Qué alegría pá que estés con nosotros!”, dijo José

– “Para mi también es una alegría”, contestó Heraldo.

– ¿Caliento más pancito pá?, porque está muy duro.

– No hace falta mi amor, no tengo mucha hambre.

Cómo iba a tener hambre, si su estómago era cada vez más apretado por el nudo que lo ceñía, añadido con una mezcla perfecta de ardor, dolor y desazón. Siguió actuando un rato más y previa señal codificada con Luisa, salieron ambos para el patio detrás del duraznero. Allí entre sollozos, le contó de su desgracia, pidiéndole que, por favor, no le contara nada a los chicos. Ellos ya habían sufrido demasiado. No tenían por qué preocuparse más, ya que él, esa misma tarde saldría a buscar trabajo y que todavía, unos pesos le quedaban para comer. Sabía que Luisa era más que una tumba, así que la abrazó, como buscando su consuelo. Entró, y riendo, jugó con sus hijos al “Dígalo con mímica”. Almorzó lo poco que había, despidió a Luisa, que se había quedado para dar una “manito”, palabra que ella decía para menguar su trabajo. Heraldo acompañó a los chicos a la cama para descansar durante la siesta, y también él se recostó con el propósito de relajarse, sabiendo lo imposible de esta tarea.

Como era de esperar, no descansó ni un segundo, pero pensó en todas las posibilidades laborales que podría intentar, rehusándose a pensar en la pésima actitud del que él consideraba como amigo, pagándole de esa forma con la humillación recibida. En esa siesta pensó mucho, y no se dejó llevar por el pesimismo que la noticia implicaba. Se decía a sí mismo, “siento la necesidad y obligación de padre de salir adelante y de dar el ejemplo a mis hijos”. Es por eso que al levantarse, encargó a José, de 12 años de edad, el cuidado de sus hermanos, mientras con la cabeza erguida recorrió las calles de la Paz en busca de un trabajo digno.

 

CAPITULO III

Para Heraldo las cosas no fueron nada fáciles, ya que “en el pueblo está todo inventao”, como solía decir con frecuencia Bartolomé Fumero (primo de su madre siendo a menudo el único habitante del bar), frase que sólo podía decir cuando apenas ingresaba al bar porque al cabo de algunas grapas, Bartolomé sólo balbuceaba y se hacía entender gesticulando, cosa nada deseable por el dueño del bar, porque sabía que algún vaso o adorno terminaría su vida, incrustado en el piso.

– “No sé qué hacer”, dijo Heraldo, fatigado y preocupado.

– “Espere Heraldo, espere”, contestó como podía Bartolomé.

– “No puedo esperar, mis hijos me necesitan más que nunca”.

Mientras le servía una grapa bien añeja, el dueño del bar, al escuchar el esbozo de conversación por parte de Bartolomé, sin pedir permiso se introdujo diciendo:

– “¿Lo conoces  a Miguelito, el hermano de Sandra?”.

– “Creo que sí”, dijo Heraldo sin entender el significado de la desorientada pregunta.

– Seguro que lo conoce… el del “colita”.

– “¡Ah! El dueño del perrito tocado por los dioses” -dijo mientras se largó a reír junto a sus amigos en el bar.

– Bueno, Miguelito cura todos los males y hasta los que te están por venir.

– Está bien, lo analizaré -dijo Heraldo como para no entrar en detalle, sabiendo que no valía la pena.

La búsqueda de trabajo resultó considerablemente más difícil de lo que él esperaba, pasando los días sin encontrar nada, vaciando totalmente sus ahorros y hasta pidiendo plata prestada a su incondicional amiga Luisa. Su hijo Ezequiel, diminuto y de salud nada envidiable, requería medicinas en aumento y cada vez más costosas, lo que transformaba en una ilusión el no aumentar las deudas. Unas ocasionales y escasas changas le permitieron al menos comer, resultando imposible devolver la plata, sino por el contrario, aceptar nuevos préstamos por parte de Luisa, aunque ya empezaban a escasear también en ella los precarios ahorros.

Al darse cuenta  Heraldo que las vacunas para la alergia de Ezequiel estaban por llegar de Córdoba y que éstas significaban un gasto importante, no dudó un minuto, y aceptó la propuesta de un vecino de cuadra, para levantar un tapial, sabiendo tanto él como el dueño de casa, lo inexperto que era para ese tipo de trabajo.

Mientras de sol a sol Heraldo trabajaba en la obra, comenzó a observar que José pasaba mucho tiempo en la casa cuidando a sus hermanos, y por lo tanto por varios días no había asistido al colegio, porque el guardapolvo estaba tal como lo colgó Heraldo luego de plancharlo. Después de esta observación, se vino la pregunta: ¿había abandonado el colegio José?

Durante ese día se había propuesto observarlo y en cuanto pudiera, sentarse a charlar con él, pero las tareas de la casa y el poco tiempo disponible no lo permitieron ese día, ya que Heraldo llegó cansado y tarde de trabajar; el sueño lo venció. Al desertarse respiró hondo, en esa mañana de invierno con el sol tenue de techo y el reflejo de la escarcha como piso, acomodó su frágil flequillo, ordenó la cama hecha por sus propias manos unos meses antes de casarse, cuando su tío Robertito, así llamado por su fascie angelical y la escasa estatura que lo caracterizaba, le regaló un ropero viejo diciendo que fue el único capital que trajo de Piamonte cuando emigró para la tierra prometida. Luego, las queratósicas y sufridas manos de Heraldo se encargaron de darle forma de cama, siendo ésta una tarea nada fácil, pero la perseverancia y la necesidad terminaron de esculpirla, y el corazón empezó a quererla. Es así como Heraldo miró a su hijo mayor, con apenas 14 años, lo llamó por su nombre, se acercó a la cama, efectúo la tradicional y placentera caricia por el pelo como todas la mañanas, para luego explicarle al oído despacio, que tenía que levantarse, ya que necesitaba hablar con él.

Uniendo algunas leñas ya cortadas y con una hoja de un amarillento diario, dio comienzo al fuego. Sobre él colocó un jarro carbonizado, ya por todas las llamas que besaron sus costados y  bases. Pensó, como buscando las palabras, a manera de arrepentido, de lo que iba a decir, miró nuevamente fijo a las llamas que comenzaban de a poco a darle al ambiente una temperatura acorde a la charla.

– ¿Pa’, qué me querías decir?

– Mirá, hijo. Esto que te voy a decir, no me es nada fácil.

Con una madurez admirable su hijo dijo:

– Decilo como venga, entonces.

– Es que necesito que trabajes conmigo, así podemos alimentarnos mejor y….

– Pero, papi… yo no sé hacer nada.

– Ya aprenderás, sólo necesito tu decisión… luego aprenderemos juntos.

José bajó la cabeza, tomó un sorbo de mate cocido, y luego de fijar la mirada en el piso sin dejar de ver su deshilachada zapatilla pensando en sus hermanos, y principalmente en Ezequiel, sin dudar dijo: ¿Cuándo empezamos, viejo?

Heraldo no pudo contener la lágrima que esbozó su rostro, y la dejó correr sin frenos, abrazó a su hijo fuertemente, lo miró a los ojos, y le dijo “gracias, en mi nombre y en el de tu madre, que seguro está orgullosa de vos, al igual que lo estoy yo…quizás cuando seas más grande entiendas el significado de esto”.

Esa mañana fue algo especial. La esperanza ahondaba nuevamente, mientras preparaba más mate cocido en el jarro, porque no alcanzaba para todos de una sola vez, y dijo con voz ronca, como haciéndose el fuerte: “llama a tus hermanos”.

A los minutos, mientras terminaban de desayunar, apareció como todas las mañanas Luisa, que sin preguntar entendió todo y con dos palmaditas despidió a los trabajadores deseándoles la mejor de las suertes en su primer día de trabajo.

En la obra, mientras José comenzaba la jornada laboral, resplandecía de felicidad y nadie negaría  lo orgulloso que se sentía al ver trabajar a su hijo, aunque esta sensación se opacaba un poco al sentirse culpable de transformar a su hijo en un adulto niño.

Al llegar al mediodía, antes de terminar de acomodar todas las cosas, preguntó a su hijo cómo se sentía, y éste le respondió:

– Fusilado

– ¿Fusi qué?

– Fusilado. Repitió mientras sentía el abrazo de su padre.

Lavaron las herramientas, se sacudieron un poco, y entre bromas mutuas regresaron a la casa. Al llegar olieron algo especial, acorde a lo que vivían.

– ¿Qué preparaste de rico hoy, Luisa? Dijo José.

– Algo muy sabrosito, como les gusta a estos hombres trabajadores.

– Déjame adivinar entonces.

– Tenés tres opciones.

– Decímelas entonces…

– Bueno, mejor dicho, te podés equivocar tres veces corrigió Luisa.

– Sopa de verduras.

– ¿Y qué más?

– Bueno, ya respondí una parte. El resto tenés que decírmelo vos.

– Yo también juego. Dijo Heraldo, volviendo a ser niño aunque sea por un momento. – ¿pucherito es o no es?

– Es… bueno, entonces a comer, que yo tengo que ir a casa a preparar unas cosas.

– Chau Luisa, y gracias (dijo con ternura Heraldo). Espero algún día pagarte estas atenciones.

– No me debes nada.

– Nuevamente, gracias.

Por la tarde juntaron leña, ya que debían combatir a ese enemigo que sólo se nota su bravura cuando no se tiene armas para combatirlo. Caminaron unos metros más, y una improvisada escondida a campo abierto comenzó a disfrutarse. Ramón abrazó a Ezequiel y tapados por unos arbustos aguardaban en silencio ser descubiertos. Ramón, ante la búsqueda desesperada de José no paraba de reírse, hasta que una de estas risas lo delató, pero con una hombría asombrosa, asumió ser descubierto sin delatar dónde estaba su padre. José buscaba mientras decía que los minutos encubiertos lo tenían contados. Fiel a su palabra, a los pocos minutos fueron descubiertos, y armando una especie de pirámide humana terminaron en el suelo abrazándose y riéndose.

Al cabo de algunos minutos regresaron a su casa olvidando, Heraldo, completamente todas las necesidades económicas sólo por esa sensación tan saludable y reparadora como era disfrutar de sus hijos. La alegría duró poco, ya que al regresar a su realidad, que para nada era envidiable, los problemas económicos acecharon y ocuparon gran parte de su pensamiento. Cortaron la leña, luego explicándoles los peligros del fuego, les enseñó a sus dos hijos menores a prender el fuego. Al aprobar la primera lección, los sentó a los tres hijos como contemplando el fuego y  les dijo lo siguiente:

– Esta noche, mejor dicho, en un momento, papá se tiene que ir un rato ¿saben?, como ya son grandes, deben portarse bien y respetar a su hermano mayor.

Sin terminar de hablar, interrumpió Ramón, exigiendo más que diciendo:

– Quédate pa’, con nosotros.

– Yo también tengo ganas de quedarme, pero créanme, no puedo.

– ¿Pero a dónde vas? Dijo José.

– A lo de Agustín.

– ¿Al galpón?

– Sí, pero voy a estar en la oficina cuidando.

– Vas a estar adentro ¿no?

– Sí. Quédate tranquilo y cuida a tus hermanos.

– Bueno. Te espero mañana.

Mentira piadosa si es que en realidad existen. No debía preocupar a sus hijos, principalmente a José, dado que él ya se daba cuenta de todo. Sabiendo sólo internamente que su situación era totalmente diferente. Debería cuidar galpones llenos de fardo de un estanciero y evitar que estos fueron tomados por otros dueños oportunistas, además la noche se tornaría seguramente muy fría y perpetua, pero las monedas, porque no eran más que eso, que recompensaban a medias su trabajo eran estrictamente necesarias para el pan de cada día. Sin importarle el miedo el frío y el peso de sus párpados, ya casi sin descansos sólo el amor por sus hijos explicarían la fuerza de voluntad y su contagiable estado de ánimo con que esa noche, como las siguientes que fueron algo así como dos meses sin interrupciones, pudo llevar a cabo. Los días fueron pasando afianzándose en la albañilería con su hijo, juntando la experiencia, la clientela y el dinero suficiente, pero no excedido para calmar todas las necesidades de su familia. Las horas pasaban y su cansancio cada vez se convertía en una carga difícil de soportar, su fascie demacrada vendía su situación interior la cual era casi siempre muy bien disimulada por su sonrisa compradora y su optimismo. Muchas veces pensó hasta cuándo su cuerpo aguantaría semejante desgaste y mirando al cielo, con la plena seguridad de que Cristina lo escuchaba ofreció una oración, pero no para él, sino para sus hijos pidiendo para que Dios y su madre nunca los privaran de ninguna necesidad. Si existía algo que nunca podría tener Heraldo ni por un minuto es el egoísmo cosa que tampoco toleraba de sus parientes o amigos. Cuando se desanimaba, el cansancio y las preocupaciones lo atosigaban, se sentaba apoyado en el nogal del patio de su casa siendo este lugar como su templo, uniéndose sentimentalmente con su esposa dado que ese árbol era mucho más que eso. Se convertía  en algo así como en un nexo, actuaba como de mediador- Apoyado sobre el tallo, alcanzaba a sentir el contacto con su esposa como que descansaba sobre sus hombros como tantas veces lo hizo. De esta forma recordaba a su amada, había sido el nogal testigo fiel de los mejores momentos de sus vidas desde el día que se casó con Cristina, sus primeras horas de matrimonio estuvieron bajo ese árbol solo mirándose sin hablar. Cómo olvidarse de ese momento, o cuando Cristina lo citó al nogal y con su voz dulce le pidió que acariciara su vientre mientras le explicaba que el amor que se tenían se convertiría en vida en algunos meses, casi de la misma forma se anunciaron también el nacimiento de sus otros dos hijos, imposible no pensar en Cristina.

José, al cabo de varios meses de recibir su retribución por el trabajo y a pesar de colaborar con la economía de la casa logró ahorrar unos pesos que se convertían en un tesoro para él, que  contaba y  contemplaba todos los días moneda por moneda, billete por billete.  Esperó calmo que el mediodía del domingo se anunciara y en plena reunión familiar sintió el deseo de lanzar una invitación sabiendo de antemano la respuesta,  así que esperó que su padre terminara de servir la comida a sus hermanos más chicos y luego de bendecir la mesa forzando una voz ronca dijo:

  • ¿Qué te parece, pa, si vamos al pueblo después de comer?
  • Y, si la chata quiere….contestó Heraldo que presentaba sensaciones ambiguas, por un lado estaba contento por la invitación de su hijo, pero preocupado, dado que su situación económica no le permitiría comprarle nada a sus hijos ni ponerle gasoil a la chata que estaba parada hacía como 6 meses.

Como percibiendo los pensamientos de su padre, José exclamó;

-¡Intenta arrancar la chata pa’!  Yo voy a buscar plata.

– Espérate José comeremos rapidito, ordenaremos un poco la casa e intentaré arrancar la chata- dijo Heraldo un poco más entusiasmado.

– Yo voy sacando la lona del motor así se va calentando algo- dijo Ramón.

Cuatro churrascos grandes y jugosos que se dejaron comer junto con un amargo casero preparado con hierbas de la quinta y las manos de la fiel amiga Luisa fueron los testigos de ese almuerzo plasmado de entusiasmo y felicidad.

Heraldo se sentó en la chata previa maniobra para despegar unas telas de araña que decoraban el tablero, y unos golpes en el asiento que levantaron gran parte de la tierra que descansaba sobre ellos. Luego tomó la llave que estaba en el asiento e intentó arrancar el desgastado motor de su chata. Después de realizar los primeros cuatro intentos con una respuesta nefasta procedió a levantar el capot, que significaba algo más que la materialización del esfuerzo de tantos años. Retiró un montículo de tierra con hojas secas y necesidades de ratones vagabundos que estaban sobre el motor y lo descubrió helado cubierto por un tono de óxido que  separaba el motor de la intemperie.

Tocando un poco sin saber,  midió el aceite que estaba un poco seco, casi congelado y de un color negro muy difícil de describir. Entonces una idea brillante se cruzó para quedarse en su cabeza. Rompió un cajón de fruta viejo que tenía en el patio, luego lo acomodó por debajo del carter y encendió un discreto fuego, pasaron algo así como 10 minutos e intento arrancarla nuevamente, en el segundo intento oyó algo similar a la explosión de la combustión, insistió con el arranque haciendo que las explosiones sean más consecutivas, hasta que la chata se dignó arrancar obligándolo a festejar el logro golpeando su mano contra el precario tablero, como agradeciéndole, volviendo a levantar  una cantidad importante de tierra.

-Suban hijos antes que se arrepienta, dijo en tono de broma.

-Voy atrás, canté primero, dijo Ramón.

-Corre la bolsa de granela José y sienta a Ramón al lado de la cabina y no les dejes parar por nada sabes… yo y Ezequiel vamos adelante.

Dado que el sol de mediodía de invierno se hacía notar y sus hijos estaban bien abrigados les permitió ir atrás de la chata.

– Papito, al llegar al pueblo, me puedo comprar una bolsa de maicitos y dar una vuelta en la calesita?

Sin prometerle a su hijo, dado que no sabía con cuanta plata contaba, mostró un gesto en la cara que daba a entender que sí, todo el viaje fue una alegría animándose Heraldo a cantar canciones infantiles, José y Ramón golpeaban el vidrio al ritmo de la música, pegando la cara al vidrio y haciendo caras que robaron más de una vez una carcajada a Heraldo que al llegar al pueblo dijo en voz alta ¿dónde estacionaremos?, acá hay un lugarcito se contestó solo. Luego de varias maniobras torpes tratando de acercar lo más posible la chata al bordo de tierra que separaba la vereda de la calle, apagó la chata rogando que a la vuelta no les diera tanto trabajo como a la  mañana.

Era una satisfacción enorme cada vez que se iba al pueblo, lo separaban casi como cinco leguas pero valía la pena recorrerlas para disfrutar de la plaza central rodeada de frondosos árboles, con su  histórica iglesia que se convirtió en una rutinaria visita obligada. Numerosa gente caminando, autos nuevos  recorriendo la plaza como adornándola, kioscos con un montón de desconocidas golosinas y un sin numero de tentaciones. José tomo a sus hermanos de la mano y entraron al kiosco principal, Heraldo boquiabierto espiaba orgulloso la actitud de su hijo. Después de varios minutos la ansiedad y el aburrimiento llevaron a Heraldo a entrar al kiosco donde encontró a Ramón y Ezequiel desfilando adentro con zapatillas blancas como la nieve y riéndose ambos a carcajadas mientras de una punta a la otra del kiosco de ramos generales imaginaban ser modelos. José se acercó y le preguntó a su padre si le gustaban las zapatillas que le había regalado a sus hermanos sintiendo instantáneamente una emoción que recorrió hasta lo más interno de su ser y con una instintiva actitud, abrazó a su hijo mayor expresando con éste todo lo que sentía. Heraldo miró nuevamente a su hijo esforzándose por no llorar de alegría pero una lágrima rebelde se dejo caer por sus mejillas, ¿No me estaré poniendo medio depresivo o medio maricón? Pensaba, pero al seguirlo mirando entendió que el motivo era ver a su hijo hecho todo un hombre y lo agradecido que le estaba a la vida y a su esposa desde el cielo por los hijos que le había regalado.

El grito de ¡vamos! de Ezequiel lo sacó de su pensamiento, luego caminaron hacia donde estaba la chata, Ramón continuaba desfilando con las zapatillas nuevas y en la mano la caja con las deshilachadas zapatillas. Ezequiel, en cambio, llevaba puesto un buzo azul con capucha que rezaba en la espalda una universidad de EEUU que ni siquiera sabía donde quedaba, sintiéndose igual de orgulloso de mostrarlo, y con la sensación de ser visto por las tímidas mujeres del pueblo, se detuvo en la esquina donde estaba parado un auto, se acercó al espejo retrovisor y acomodó su flequillo que el viento algo había despeinado y, con aire de superado acompañó a su familia hasta la chata.

El viaje de vuelta fue reinado por el silencio ganado probablemente  por el cansancio de todo el día, hasta que un inoportuno pozo bastante profundo, se cruzó por el camino sacando del letargo a Ramón y Ezequiel que terminaron de despertarse los dos con una pregunta casi al unísono ¿cuánto falta pa?

Ya llegamos chicos, contestó tranquilamente Heraldo, tratando de llevar lo más derecha posible la chata.

-Che pa, después en casa tengo que hablar con vos de hombre a hombre.-dijo José

No se puede negar que lo preocupó el tono de voz de su hijo, pero pensó que sería algo relacionado al día de hoy o a programar nuevos trabajos en las obras o quizás que le propusieron los Videla hacer el galpón asegurándose así un trabajo estable por lo menos por 4 meses. Ansioso Heraldo, no dejaba de pensar en la causa de esa charla.

Apenas llegaron, acomodaron la lona sobre la chata. Mientras Ramón y Ezequiel se lavaban la cara y se preparaban para acostarse, tomó del hombro a José y lo llevó a la galería con una tranquilidad que le costaba conseguir, dijo: te escucho, hijo.

-Pa vos ya sabes que soy grande, que trabajo y todo eso…

Sin entender como venía la conversación, pero sospechando algún problema serio dijo:

-No entiendo nada José, explícame bien y no tengas vergüenza conmigo.

-En realidad te quiero pedir dos cosas, la primera que me enseñes a manejar, y la segunda que me dejes salir con Maxi a la fiesta patronal del pueblo.

Es indudable que nos damos cuenta de que los hijos crecen cuando empiezan a pedir cosas de grandes, pensaba Heraldo en silencio. Éste, animó más a José a justificar por sus pedidos alegando que sus compañeros hacía mucho que no lo veían y querían compartir la fiesta con él. Heraldo escuchaba parcialmente la justificación de José y pensaba en algo sin entender bien aunque dijo:

  • ¿Claro que podés hijo, te hace falta ropa?
  • No, sólo tu permiso pa’.

Ese día terminó tranquilo, al menos para José. Heraldo seguía pensando, sentía temor por su hijo aunque no encontraba un justificativo, le preocupaba mucho que se juntara con los hijos de Carabajal. Son chicos distintos a José, tienen otros valores, no les importa su familia, no hacen nada durante el día y por la noche seguro se los encuentra en el bar del pueblo con algo de alcohol en la mano. A su vez se auto-reprochaba Heraldo, que debía dejar de pensar y aprender a su hijo y que no debía atar sus sentimientos y proyectos.

La semana se esfumó bastante rápida entre el trabajo intenso y las ocupaciones en la casa razón por la cual los (en realidad a Heraldo únicamente) sorprendió el sábado. Al terminar de almorzar, José llevó a sus hermanos al patio y al cabo de unos minutos ingresaron al comedor, explicaron el pacto realizado entre hermanos que consistía en no hacer ruido en la siesta y a cambio José los llevaría nuevamente al pueblo y les compraría un regalo sorpresa, y mientras Ramón le terminaba de explicar a Heraldo, José ya estaba acostado.

Durante esa siesta sólo se escuchó el chillar del viento atravesando la precaria puerta y los ronquidos de Heraldo, que como consecuencia del trabajo semanal junto a las guardias nocturnas hacía mucho tiempo que no descansaba varias horas seguida, Ramón y Ezequiel  no tenían costumbre de dormir la siesta pero ese día al menos se acostaron, al pasar unos minutos comunicándose con señas se levantaron en total silencio de la cama y se pusieron a jugar a las cartas, contando para eso con una parva de cartas que juntaban todos los lunes del club que luego de usarlas, las tiraban encontrando dueños en el acto.

Esa fue una siesta rejuvenecedora para Heraldo ya que fueron tres horas donde se olvidó de todos los problemas y sólo se permitió soñar. Al despertar felicitó a sus hijos menores el excelente comportamiento, calentó agua y fue a despertar a José, que perezosamente contestó que ya se levantaría. Al cabo de unos minutos, salió de su dormitorio con un toallón en el hombro, cantando y al cerrar la puerta del baño dijo hasta pronto camarada con una sonrisa contagiosa. Por un largo rato no se escuchó, razón por la cual Heraldo se acercó, golpeó la puerta y preguntó si faltaba mucho. Automáticamente la voz de su hijo le contestó que no, que pasara. Al abrir la puerta descubrió que su hijo había comprado muchas cosas que hubiera deseado tener anteriormente, pero dada su situación económica era imposible comprarse. Heraldo preguntó tímidamente si eran de su hijo esperando que le hubiera contestado que eran prestadas, pero José lleno de espuma de afeitar en la cara le dijo:

  • Obvio que son mías pa’.

A pesar de que anteriormente pensaba en que su hijo debía darse cuenta solo de las cosas, no fue fácil no reprochar a su hijo por semejante gasto sabiendo las necesidades que pasaban todos en esa familia. No habiendo terminado de hablar, José cerró la puerta del baño bruscamente con la mano izquierda fragmentando violentamente la conversación, el sonido del portazo junto a ese acto de rebeldía nunca visto en su hijo confundió más a Heraldo, que decidió prepararse unos mates para descongestionar su mente. Al cabo de unos minutos José salió, ignorando el primer altercado con su padre, saludó a sus hermanos y con un frío golpecito en la espalda se despidió de su padre. En realidad no era la primera vez que José salía, como había transmitido a su padre. En meses anteriores mientras sus hermanos dormían y su padre trabajaba salía a escondidas hasta el bar, gastando gran parte de sus primeros sueldos, situación totalmente ignorada por su padre.

Inmóvil, preocupado, apoyado sobre el marco de la puerta, Heraldo se resistía a acostarse tranquilo a dormir como si sospechara o predijera algo para su hijo. Al hacerse sentir, sus varicosas venas lo obligaron a sentarse en el borde de la cama y uniendo las manos sobre su frente oro por su hijo, un largo rato hasta ser parcialmente vencido por el sueño que se manifestaba con movimientos bruscos de su cuello y por ese estado de somnolencia que ganaba de a poco la batalla de estar despierto, dormitó sobresaltado por pesadillas hasta que en  altas horas de la madrugada , su frágil sueño fue interrumpido por la llegada de José al amanecer acompañado por un áspero olor a cigarrillo y halitosis alcohólica. Sin saludar casi, se dirigió a su cama y vestido, se dejó caer en ella ante la mirada perpleja de su padre, sabiendo que al despertarse hablarían de lo sucedido. Heraldo lo ayudó a desvestirse y lo tapó, no sin antes acercarse a su frente para besarla sintiendo más intensamente los olores a cigarrillo y alcohol que dominaban su cuerpo. A pesar de no haber dormido, Heraldo lo contempló al amanecer y gran parte de la mañana con una preocupación dolorosa sólo interrumpida por la obligación de hacer la comida. Una vez terminado el guisito, se acercó nuevamente a la cama de José, que a pesar de no faltarle ganas de reprenderlo consiguió paciencia y lo despertó delicadamente, encontrando la respuesta casi momentánea –no quiero comer, respondió José en un tono agrio y contundente. Como un mecanismo de defensa por el dolor que le ocasionaba, lo justificaba Heraldo, pensando que posiblemente la vergüenza de encontrarse así no le permitió levantarse a comer, o quizás comió algo antes de acostarse y por eso no tenía hambre.

Cuando el ruido de los cubiertos hacía notar que el almuerzo terminó, se levantó José y con un humilde saludo se sentó en la mesa. Heraldo le sirvió su porción que esperaba en la olla. Ante la mirada de sus hermanos comió en silencio contagiando a todos los comensales, hasta que José reprendió a sus hermanos, actitud que molesto mucho a Heraldo y preguntó sumamente ofendido –¿qué pasa contigo hijo?

Sabiendo José que estaba equivocado no respondió, al cabo de unos segundos reiteró la pregunta, aunque en tono más severo, la respuesta fue la misma, silencio total.

Heraldo levantó los platos, abrió la canilla lentamente, puso toda su concentración en la tarea, tomó la esponja, la apretó con fuerza y la frotó sobre el plato una y otra vez. Al terminar se sentó exhausto, las tensiones lo habían cansado bastante, miró al fin la hora y comprendió que sólo lo separaba algo más de una hora de su  trabajo de seguridad, ya que tres días a la semana entraba al turno una hora más temprano. Continuó sentado, no tenía ni siquiera ánimo de pensar, sólo hacía fuerza para no dormirse, luchaba contra sus párpados tratando de ganar la cruzada, se lavó la cara y juntando fuerza de donde no tenía partió a lo de Luisa a encargarle el cuidado de sus hijos, ella lo recibió como siempre y al ver su rostro intuyó el estado de Heraldo. Entendió que la mejor respuesta era el silencio, es así que en un segundo fue a la casa, alzó a Ezequiel, tomó a Ramón de la mano y les dijo:

  • Vamos hasta la puerta así saludamos a papá.

Heraldo no pudo contener esa cosquilla interna de gratitud hacia Luisa mezclada con bronca, tomó su bicicleta y como reconfortado por la actitud de su incondicional  amiga llegó al galpón. La preocupación de su trabajo lo hizo olvidar parcialmente el mal rato de su morada, tornándose la noche aun más larga que lo habitual, casi como una eternidad hasta alcanzar las 8:00 del día siguiente. Anhelando que al llegar a su casa sientiera que todo fue como una tormenta tropical intensa, pero corta y con el sol comenzando a brillar nuevamente, principalmente que José entendiera lo que él le quería decir y que recapacite haciendo como todas las mañanas  el desayuno de sus hermanos y esperándolo para salir a trabajar a la obra. Pero la esperanza se esfumó lentamente al observar todo cerrado, intuyó que sus hijos aun no estarían levantados, incluyendo José, bastó sólo con abrir la puerta y comprobarlo personalmente. Un silencio sepulcral dominaba su casa, fue hasta la cocina  preparó el desayuno para todos, cambió a sus hijos menores y sin despertar a José se dirigió a la obra. Sus piernas pesaban más que de costumbre, un cansancio distinto de apoderaba de él. Silbando trató de hacer más corto el viaje, al llegar, apoyó la bicicleta en un sauce eléctrico, se sacó los broches de la botamanga colocándolos sobre el cable del freno, se acomodó su escaso flequillo, tomó aire, sacó los materiales y comenzó a preparar la mezcla sintiendo nuevamente la esperanza. Es que uno no la pierde y menos si se trata de su hijo, pensando, “quizás al despertarse, José venga a darme una mano”; pero el tiempo se encargó nuevamente de opacarlas.

A media mañana al tomarse el primer y único recreo comprobó que faltaban materiales (tarea que habitualmente hacia José que se encargaba de las compras) acortando estrepitosamente su recreo tomo nuevamente su bicicleta y salió a comprar los materiales. Dormitándose sobre su “cleta” (palabra usada en dialecto serrano) avanzó varias cuadras en dirección y recordó que al despertar a sus hijos Ezequiel estaba tosiendo. Una nueva intranquilidad le surgió, razón por la cual alargó unas cuadras y pasó al frente de su casa para ver como estaba Ezequiel. Al llegar encontró de nuevo las ventanas cerradas, pensó se habrán ido al hospital sintiendo inmediatamente unos rítmicos golpes en el pecho anunciando una taquicardia. Trató de serenarse, abrió la puerta de su casa tropezando con sus dos hijos menores jugando al oscuro en silencio, que rápidamente e inocentemente hicieron un gesto como que guardara silencio y señalaron a la habitación de José. Y con otro gesto tierno le dieron a entender que estaba durmiendo, pero a pesar de entender el gesto pregunto en voz alta para que escuchara ¿dónde esta José?.

– Durmiendo pa’, respondieron susurrando.

¿Durmiendo? insistió. Pero cómo es posible que todavía esté durmiendo, si por lo menos me hubiera ayudado en algo esta mañana. Decía estas palabras con un volumen hasta la fecha nunca usado, no gritando pero lo suficiente alto como para que se entendiera su enfado,  perdiendo ya la cordura, se dirigió rápidamente a la habitación, prendió la luz, y comenzó a reprender a su hijo que mientras se estiraba. Bostezó y continuó ignorando a su padre, aumentando su ira aun más, por lo que lo tomó del brazo apretando fuertemente y miró fijo a los ojos de su hijo exigiendo una respuesta urgente. Pero el silencio comunicacional logró cambiar la actitud de Heraldo, que contra lógica de un momento así, respondió opuestamente, como padre, pensaba el, cambiando su actitud y el tono de voz, preguntando con ternura ¿qué pasa con vos hijo? ¿No pensás trabajar más? ¿Por qué estás tan raro últimamente? ¿Hice algo mal por ustedes? Esperó unos segundos y sabiendo que las respuestas no llegarían abrió nuevamente la casa pasóla escoba, que los años y el uso  se encargaron de desfigurarla, sobre el áspero piso de material que tenía en la cocina.

Cuando terminó de barrer en un tiempo menor que el habitual, quizás por la bronca canalizada en energía o posiblemente porque no entró en los detalles de la limpieza, besó a sus hijos menores dirigiéndose, velozmente a la obra para no perder tiempo. Así terminaba la tarea antes del mediodía para prepararles el almuerzo y no abusar de la bondad de Luisa, pero la mañana le preparaba otra sorpresa agotadora, ya que al doblar la esquina que marcaba el fin de la cuadra de la obra, vio una chata conocida. Cómo no iba a reconocerla si era la de Álvaro Giacomelli, el dueño de la casa, comenzando ya a vaticinar un encuentro poco agradable.

Antes que estacionara la bicicleta, con un gesto soberbio, dijo Giacomelli -linda hora de venir a trabajar, así no vamos a terminar nunca… Ante el silencio del abatido Heraldo, el patrón tomó fuerza y continuó diciendo: me parece Heraldo, que usted se me está haciendo el vivo, no me termina la obra rápido para ganarse unos pesos más pero yo…. No lo dejo terminar de hablar y contestando con una serenidad que le resultó difícil encontrarla le dijo: fui a “Casa los Vascos” a comprar los materiales.

¿Y dónde está su hijo, entonces? ¿No es acaso trabajo de su hijo? ¿No me dijo usted Heraldo que traía a trabajar a su hijo para que los dos ganáramos, yo en tiempo y usted un poco más? Me parece estimado Heraldo que acá solo hay un ganador y aprovechador y es usted- contestó enfadado Giacomelli, luego se subió a su camioneta y con una brusca maniobra salió velozmente.

Nunca nadie lo había insultado de esa forma, tratándolo como un tránfuga y aprovechador y a pesar de que sabia que no lo era hasta lo dudó. Por lo sensible que quedó, se apoyó en el alambrado que rodeaba la obra un largo rato y sintió un agotamiento que no sólo era físico porque a ese ya estaba acostumbrado, era como si sintiera de pronto el peso de cada parte de su cuerpo; no podía ni siquiera pensar en algo concreto, concentrarse ni programar que haría en las próximas horas, su pensamiento se esfumaba. Se dejó llevar y durmió con los ojos abiertos poco más de 2 horas hasta que el sol de la siesta y dolor de la espalda por el alambrado lo sacaron de la nada para volverlo a su realidad donde nuevamente comenzaron las preguntas ¿qué le pasa a José? ¿Cómo puedo manejar mejor a José? ¿Tendrá algo malo que aún no me he enterado? ¿No sirvo como padre?

El viaje se le hizo rápido hasta su casa, antes de llegar pensó en hablar con José de hombre a hombre como cuando era niño. Estacionó la cleta y al abrir la puerta la misma imagen de siempre Ramón y Ezequiel jugando y Luisa lavando los platos del mediodía- dónde está José, Luisa? Salió para el pueblo esta mañana pero no se para qué- respondió Luisa, también dolida por la situación.

Al anochecer José llegó a la casa y evitó hablar, pero Heraldo lo citó a la pieza mientras sus hermanos se dormían y dijo:

-¿Qué te pasa hijo?

-¿Nada por?

– ¿Te parece que estás bien? ¿Hace falta que te detalle por qué pienso que estás mal?

– No seas hincha, si no te jodo yo a vos, entonces no me rompás.

“Lo amasaría a ver si así se despierta”, pensó Heraldo, pero cerró con llave su caja de emociones y mediáticamente trató de continuar con la precaria conversación, el esquivo fue la única respuesta.

Los días pasaron y la relación se tornaba día a día mas ardua, hasta en la cara de sus hijos menores se notaba que se daban cuenta de la situación de José, convirtiéndose en una egoísta  rutina que todos los días después de comer, y por supuesto no ayudar a nadie ni siquiera levantando un plato de la mesa, saliera hasta altas horas de la madrugada para dormir toda la mañana y despertarse sólo cuando Luisa lo llamaba con la comida lista.

Pasando noventa días de esta agotadora tradición, al enterarse Luisa de un chusmerio del pueblo y conversaciones escuchadas entre José y su amigo Maxi, dado que significaban cambios importantes y la sorpresa podría ser peor, decidió entonces contárselo a Heraldo y prepararlo. Le comentó que una tarde sin querer escuchó una conversación de José con Maxi donde compartían la idea de irse a Córdoba, pero dado que Heraldo estaba tan dolido, lo tomó sólo como un acotación. A la semana comprobó que esa advertencia se convirtió en realidad cuando descubrió a José preparándose el bolso, y antes de preguntar escuchó sin mirarlo, la voz de su hijo que simplemente dijo: me voy a Córdoba a trabajar, oyó (o al menos creyó oír)  Heraldo. Un arrepentimiento en su voz y luego sintió el abrazo de su hijo y recuperó parcialmente la fuerza que hacía un tiempo perdía estrepitosamente desde el cambio de relación con él. Las lágrimas de su hijo marcaron el comienzo de la despedida que llegaba a su cima cuando, a través de la ventana del colectivo, José saludaba. Los tiempos eran cortos, confirmándolo cuando lentamente el micro retrocedía para dirigirse a su  destino. Con tantos sentimientos ambiguos y lo sorpresivo de la noticia, olvidó Heraldo preguntar a José cómo serían los contactos de ese momento…

Luisa, como siempre, presente en cada momento difícil y entendiendo absolutamente todo sin palabra alguna tomándolo de la mano, lo consoló a Heraldo, cargándose con la responsabilidad interna de levantar el extenuado ánimo de Heraldo, proponiéndose ponerle el máximo de optimismo y humor en cada acto suyo para con ellos. Para sacar del letargo en que se encontraba su amigo, le  pidió que los acompañara a la casa junto a sus dos hijos.

 

CAPITULO IV

Cuando caía la tarde de otro agotador miércoles, sorprendió a Heraldo el sonido de tres golpes en la puerta, sabiendo de antemano que ningún vecino podía ser el causante, dado que ellos pasan directamente, se sorprendió. Mientras se secaba las manos mandó a unos de sus hijos a atender, fue Ezequiel, quien llegó primero a la puerta, descubriendo para sorpresas de todos que era Oscar, el cartero del pueblo, que por primera vez los visitaba.

Don Heraldo, carta para usted, es su hijo desde Córdoba.

Gracias querido –respondió Heraldo tratando de mostrar una calma que no tenía.

Era innegable que desde que se fue la esperaba ansioso y la desazón le volvía cuando el correo le decía que no había nada para él, hasta que esa mañana Oscar, casi tan emocionado como él se la mostró, y desesperadamente le pidió ahí mismo que se la leyera.

Papá:

         Con Maxi estamos bien, encontramos una pensión cerca del centro muy barata, peleamos el precio como vos me enseñaste. Los ahorros todavía los tengo, pero igual pensamos salir a trabajar. Hay una propuesta de trabajar por la noche en un pub que es como un bar pero para chicos jóvenes con música fuerte y todas esas cosas. Te explico para que entiendas bien y conociéndote no te preocupes tanto, conseguí el curso de paramédico que ya sabes que quería tanto, pero me falta haber terminado la secundaria, por eso por ahora no lo puedo empezar pero tengo fe de conseguir trabajo y ya sabes en cuanto pueda te mando o te los  llevo yo a los pesos que pueda ahorrar. Te dejo de escribir porque tengo que ir a trabajar, saludos, espero que nos veamos pronto.-

Un abrazo grande para vos y mis hermanos. José.

Oscar al terminar la tarea encomendada, no pudo contener su propia emoción al ver temblar de alegría a Heraldo. Respetó el silencio y no quiso interrumpirlo con su despedida así que por unos minutos sólo atinó a contemplar la pureza de un padre emocionándose de una manera prodigiosa, con un acto tan sencillo como ese. A los minutos Heraldo guardó el papel como si fuera el mapa de un tesoro en su bolsillo, levantó la mirada, abrazó y mediante un beso le demostró su afecto y gratitud.

Esa carta recobró la esperanza en su vida, le expresó que no estaba perdido su hijo y que los valores que les inculcó siendo niños se mantenían intactos. Fue como el agua fresca de un peregrino en el desierto, fue la esperanza, fue su alimento, fue su fuerza, fue esto y mucho más. Llegó a la casa de Luisa, casi gritando le contó la noticia y casi como si fuera un milagro repitió de memoria la carta recibida sin olvidarse casi palabras. La alegría era tanta que compensó la angustia y tristeza de no recibir noticias en estos casi ya 4 meses desde la parida, pidiéndole a Luisa la gauchada de escribirle algo con urgencia, en lo posible esta misma noche. Su amiga, tan entusiasmada como él, lo tranquilizó diciendo, que esta noche ella organizaba todo con cena incluida. Llegada la hora de cenar descubrieron que no fue una sencilla cena, por el contrario, fue acorde al festejo. Al terminar de comer, lavó rápidamente los platos, limpió la mesa, les regaló un juego de naipes a Ramón y Ezequiel para que tuvieran con qué entretenerse, acomodó una silla en la punta, y un banco con almohadones al lado. Lo apresuró a sentarse a Heraldo, tomó un papel blanco junto con la lapicera, se colocó los lentes que sólo usaba para leer de cerca y que nadie estaba acostumbrado a ver, por eso los chicos sin poder evitar el asombro, se rieron a carcajadas que al cabo de unos segundos se sumaron Luisa y Heraldo.

Luisa se acomodó como para escribir, pero notó que la luz era escasa, así que fue hasta su dormitorio y trajo el velador para reforzar la tenue luz  colocándolo sobre la mesa, pero se dio cuenta de que el cable no llegaba al único enchufe que tenía en la cocina, así que acercaron la mesa a la pared, obligando a Heraldo a cambiarse de lugar. Cuando todo parecía estar bajo control, miró Luisa por arriba de los lentes y dijo deseosa: lo escucho.

Heraldo no sabía ni cómo empezar, así que Luisa se vio obligada a ayudarlo y entre los dos le escribieron la primera carta a Josesito.

Querido Hijo:

                     No te imaginas la alegría que todos tuvimos al recibir tu carta y saber que estás bien, con proyectos y sueños que Dios quiera se te hagan realidad. Nosotros estamos muy bien, las cosas están mejorando. Ezequiel no se enfermó más y parece que se está curando de la alergia. Ramoncito en la escuela es un cuete, Luisa nos ayuda mucho en la casa y ahora es la que está escribiendo esto para vos. Yo trabajo todavía en lo de Giacomelli, ahora se le ocurrió hacer un quincho en el fondo del patio. Estuve con Álvaro, te manda saludos. La tía Inés está enferma, tiene unas arterias tapadas, así que ahora a Mario no le queda otra que hacer algo en la casa. Bueno hijo, te queremos mucho y te extrañamos. Esperamos noticias tuyas, un abrazo de tus hermanos, padre y la tía Luisa como vos le decís.

 Se  hizo esperar durante mucho tiempo la contestación de su hijo que al fin llegó casi al año de la primera carta, siendo corta, concisa y fría, explicaba que su situación económica había mejorado. Se habían mudado con Maxi a un departamento y le explicaba que pronto volvería a la Paz a visitarlos, dada las condiciones de la carta y el desafecto que demostraba, no le dieron ganas de contestarle, por lo que decidió esperar verlo en persona. Así es como la comunicación entre padre e hijo se fue de a poco enfriando como un témpano.

 

CAPITULO V

En la casa de Heraldo, la vida continuaba en su agotadora rutina de trabajo sin el reconfortante descanso que siempre esperaba, pero que nunca llegaba dado que manejaba solo una opción, debía continuar con su ritmo de vida. Este año, Ezequiel le implicaba un inmenso esfuerzo económico asociado a un sin número de privaciones porque como estaba en los últimos años de la secundaria demandaba más gastos, pero lo hacía con gusto, dado que se sentía retribuido por su hijo con las calificaciones obtenidas, teniendo en cuenta el esfuerzo que él también hacía porque en sus tiempos libres, jugaba al fútbol siendo muy elogiado en el pueblo, convirtiéndose en el goleador del campeonato zonal de fútbol. Se convirtió con el tiempo, en más que un hobbie para él, sino parte de su vida. Dejó las salidas propias de su edad para estar concentrado, la posibilidad de estar de novio porque él decía que le quitaba tiempo para entrenar, veía todos los partidos en el televisor del club, se sabía todos los nombres de los jugadores del campeonato nacional y hasta de los jugadores de los clubes más conocidos del mundo. Discutía, vivía el fútbol como una pasión, razón por la cual el técnico, un día habló con Heraldo, y le comentó la posibilidad de llevarlo a probar a Talleres de Córdoba, idea que no le gustó mucho, pero dado el desmedido entusiasmo de Ezequiel, no le quedó otra que aceptarlo. A poco más de una semana, tiempo escaso para juntar la plata que originaría el viaje, el entrenador le avisó del inminente viaje de mañana hacia Córdoba, con la posibilidad de que probara también en Belgrano, basto medio tiempo para que los entrenadores del club tallarín lo oficializaran dentro del club, con un contrato, pero por ahora sin sueldo, le habían dicho que una vez que jugara en primera, cosa para la que no faltaría mucho, cobraría por partido.

Cuando Ezequiel viajó a Córdoba a jugar, los primeros tiempos no fueron nada fácil para  Heraldo, que no sólo no le alcanzaba para vivir con su hijo sino que se estaba endeudando con Luisa, que le había prestado una plata que tenía ahorrada en dólares desde hacía mucho tiempo, cuando su marido vivía y cobró la indemnización de su trabajo por haber perdido una pierna en un sinfín, mientras cargaba cereales que en un principio los abogados calcularon un dineral y al final solo alcanzó para pintar la casa y ahorrar unos pocos dólares. Como Heraldo conocía todo lo que significaba esa plata para Luisa, decidió devolvérsela cuanto antes, por eso puso en venta su chata y un aprovechador se la compró a menos del valor que tenía, luego de enterarse el motivo de su venta ofreciéndole el mismo importe que había pedido prestado, valor mucho inferior a lo que realmente salía.

El sacrificio en esos seis meses fue más agotador aun porque Heraldo consiguió una changa a la hora de la siesta, haciendo arreglos de zapatería en la zona que la gente le llevaba más por caridad, sabiendo lo que estaba pasando, que por necesidad nunca pensó en pedirle a Ramón que le diera una mano con el trabajo porque no quería interrumpir sus estudios, ya que le había notado un don para el estudio y en sus notas era sobresaliente durante toda  la escuela secundaria, y en este, su último año, le ofrecieron llevar la bandera. Una noche le planteó a su padre la intención de continuar sus estudios en Córdoba y estudiar medicina. Ante la mirada confundida, decidió contarle, para tranquilizarlo que se puso en contacto con Maxi por medio de su familia, y al contarle su intención, éste le ofreció vivir con ellos y conseguirle un trabajo de chofer de la ambulancia donde él trabajaba como paramédico en una empresa de Córdoba, así con esa entrada, podía costear sus estudios; Heraldo se quedó más tranquilo, aunque no dejó de preocuparle el inminente viaje de su hijo.

Un fin de semana a fines de enero, en pleno verano, previa comunicación con su padre anunciando su visita se presentó Ezequiel a su casa, saludó muy afectuosamente y contó que a partir de febrero comenzaba el campeonato y que jugaría en primera, y que probablemente cobraría un sueldo, comprometiéndose a ayudar a Ramón en Córdoba si no le alcanzaba, dado que en pocos días viajaba con la mudanza para comenzar con el cursillo de ingreso a la facultad de medicina, y al conocer el estado económico de su padre y de no contar con ninguna ayuda de José, del cual a pesar de vivir en la misma ciudad tampoco tenía noticias.

La alegría de tenerlo a Ezequiel a su lado, de abrazarlo, de besarlo, se vio empañado por el sentimiento de soledad, que lo preocupaba. Como toda situación linda, ese fin de semana pasó casi sin darse cuenta y cuando quiso acordarse, pasaron 2 semanas y se encontraba en la terminal despidiendo a Ramón, que iba en busca de cumplir su sueño. Las lágrimas mojaron ambas mejillas, y se juraron extrañarse y mantenerse en contacto. El hecho de estar este tiempo solo con Ramón había generado un vínculo especial que empeoró la despedida  más de lo que por si sola significaba.

A pesar de los consejos de Luisa de que descansara un poco y parara al menos para comer, no dejó ninguno de sus trabajos, no sólo por su situación económica, sino por no estar en su casa solo y no encontrar a nadie al entrar, no escuchar voces prefería llegar cansado y que el sueño lo venciera así pensaba lo menos posible. Había logrado mantener contacto con sus hijos a través del teléfono de Antonio Ledesma, su vecino de enfrente que se había ofrecido cordialmente dado el gran afecto que sentía por su familia. Los martes y viernes apenas pasaban las 22:00 hs Heraldo se cruzaba a esperar la anhelada llamada que los acercaba a sus hijos menores que en muchas oportunidades estaban reunidos juntos. Siempre preguntaba por José y la respuesta sería siempre la misma –no sabemos nada.

Cómo entendía ahora a Luisa, la soledad los dominaba a ambos: una sin familia y el otro con la familia lejos, el consuelo mutuo se convertía en charlas terapéuticas y los domingos almorzaban juntos prometiéndose al menos por ese día, sólo evocar recuerdos lindos.

Notaba Heraldo que Luisa respiraba un poco más rápido cada vez que hacía una actividad por leve que fuera, así que recomendó consultar al médico del pueblo. Como era costumbre, no estaba, así que se tomó el colectivo para Merlo que la revisaron y estudio de por medio, le indicaron reposo y varios medicamentos. La ciencia y la medicina no pudieron frenar su precipitada enfermedad, que en pocos días había tumbado a un gladiador romano como le decía Heraldo, haciendo alarde de su fuerza y voluntad, enfrentando situaciones en la vida muy difícil de llevar que sólo los grandes de corazón pueden afrontar. El doctor del pueblo, profesor doctor Mas, así como se hacía llamar él, en pleno proceso de lavado de manos pero no con propósito higiénico, refirió que los días estaban contados y que no había más nada por hacer, menos en la situación que ella estaba. Heraldo creyó en ese momento que se refirió a su estado de salud y no a su situación económica, con soberbia y como con desprecio tomó la tensión y de lejos se despidió dando a entender que no lo llamarán por cualquier problema dado que él estaba para salvar vidas y ésta ya estaba perdida. Perdida tiene la moral este muchacho pensó Heraldo…

Debido a la condición familiar de Luisa que casi no tenía familia, salvo una prima que vivía a más de 200 Km. con la cual no tenía contacto Heraldo divagó si convenía llamar a sus hijos hasta que se convenció de que sería lo mejor dado que sola no podía estar y no se podía preparar ni siquiera la comida. Él la podía ayudar sólo por la noche, ya que si no trabajaba por la mañana se le complicaba su propia subsistencia. Fue este dilema que resolvió y llamo a Ezequiel en realidad a la sede del club y le informó al empleado que se comunicara con su padre dado que necesitaba hablar con él urgente. Pasaron algo más de 5 horas y Toño le golpeó la puerta diciéndole que Ezequiel estaba en el teléfono. Le explicó lo mejor que pudo la situación de Luisa y la propia, pidiéndole por favor si la podían ayudar en forma devolviéndole una minúscula parte de lo que ella había hecho por ellos. Ezequiel contestó en el acto que él no podía, ya que el club no se lo permitía y tenía un partido programando en 4 días muy importante. Le dijo en tono distante: te paso con Ramón, que está al lado mío, ya que nos asustamos, creíamos que te pasaba algo a vos o alguna cosa más grave pero… te paso con Ramón.

Tardó unos segundos en hablar, hasta pensó Heraldo que se había cortado y al fin escuchó la voz de su hijo, que le respondió lo mismo con distintas palabras, que él tampoco podía viajar, ni siquiera ofrecer ningún tipo de ayuda dado que su trabajo apenas le alcanzaba para los libros y que era una época muy difícil en la facultad.

¿Alguna cosa más grave? pensó Heraldo, no les perece grave, ella los quiere y quiso como su madre y la pobre está grave y no son capaces de venir ninguno aunque sea un día, siguió pensando y tratando de entender la actitud de sus hijos, pero por más que pensara, nunca la entendería, así que más resignado que convencido, organizó su vida para recuperar algunos horarios y así poder realizar los trámites de salud  y limpieza en la casa de Luisa, ya que la comida la solucionaba la noche anterior. Cocinaba para dos días, ninguna tarea diaria que no eran pocas, pudo hacer olvidar la indignación que sentía y sentimiento de culpa que se adueñaba de él nuevamente, sabía por experiencia propia que el final estaba cerca,  lo único que esperaba era que Luisa no preguntara por los chicos porque no iba a saber que contestar.

La noche pasó sin mayores sobresaltos, salvo porque Luisa en medio de un delirio que Heraldo pensó que podía ser la fiebre o se estaba despidiendo pedía por favor, que no se quería ir todavía. Entonces Heraldo acarició su pelo y como por arte de magia continuó su sueño hasta la mañana que éste la despertó con el mate cocido y pan. Como hacía varios días su apetito se había retirado y ya comenzaba a dar signos de pérdida de peso importante, en su cara se notaba que cada vez le costaba más hablar, pero con la mirada se hacía entender y dejaba desnudos todos sus sentimientos en medio de esa comunicación visual. Un golpe de puerta interrumpió, al abrir la sorpresa lo conmovió, el mismísimo Dr. Más:

-¿A que se debe tan grata sorpresa? preguntó burlonamente Heraldo

– Pasé a ver cómo estaba Luisita.

Fue ese falso Luisita que aun indignó más a Heraldo, no tolerando el simulado interés que repitió la pregunta ¿a qué ha venido doctor?

– Se acuerda la otra vez que vine a ver a Luisa yo…

Sin dejarlo terminar de hablar y entendiendo su visita, se anticipó diciendo “cobre nada”

– Si usted no cobró nada

– Exactamente- contestó a la defensiva el doctor, entendiendo el mal momento en que decidió cobrar sus honorarios

– De eso no se preocupe estimado, que seremos pobres con Luisa pero nunca nadie nos señala con el dedo porque le debemos a alguien. Así que si no tiene otro motivo le agradecería que nos diera permiso para seguir trabajando porque aun hay mucho por hacer (haciendo referencia a las palabras dolorosas que emitió el doctor días atrás).

El doctor sin entender se retiró en silencio haciendo caso omiso a la indiferencia de Heraldo, con su mismo aire aromatizado con mucho de soberbia y autosuficiencia se subió a su orgullosa camioneta y comenzó la retirada. Nadie podría negar que ese día el doctor, aunque sea por un segundo se planteó su accionar, pero es indudable que el medio y el  escalafón que ocupa el dinero en su escala de valores reprimió su interno pensamiento.

Pasadas las 23.00 horas Luisa estaba inquieta, sus ojos estaban brillosos, su respiración comenzaba nuevamente a acelerarse, su color cambiaba y sus secos labios dejaban ver la falta de oxígeno. No dudó Heraldo de comenzar a abanicarla sin entender cuan útil era el proceso, pero al menos sentía que la acompañaba en estas sus últimas horas, la mano de Luisa sostenía un rosario hecho de piedra, recuerdo de la infancia , qué impotencia sentía en ese momento, sintiéndose que el delgado hilo de la vida se escurría como el agua entre los dedos, unas bocanadas separaron el cuerpo del alma de Luisa y en ese mismo momento Heraldo lo entendió todo. La persignó, luego lo hizo él y pronunció unas oraciones entrecortadas por su sollozo con la tranquilidad de haber realizado todo lo posible por su fiel amiga. La tapó respetuosamente y comenzó a preparar la habitación para realizar el velatorio. Antes de comenzar a limpiar dio aviso a los vecinos más íntimos y algunos familiares. Compró las velas tradicionales y comenzó a preparar de la mejor manera posible. Mientras ordenaba la ropa se dio cuenta de que a ninguno de sus hijos había avisado, así que salio corriendo al vecino de en frente a pedirle por favor el teléfono dado que ya no tenia dinero disponible. No hacía falta explicar las razones a su amigo Toño las entendía perfectamente y si no las tuviera lo mismo de corazón el servicio lo hubiera prestado igual. Entre los nervios sacó Heraldo el papel del bolsillo todo arrugado con el teléfono de Ezequiel del cual lo único que escuchó fue “en este momento no lo puede atender deje su mensaje” intentó inmediatamente con José que según dijo él al ver la característica en su celular atendió enseguida. No pudo evitar Heraldo y al escuchar la voz de su querido hijo rompió en llanto sin poder controlarlo al minuto ante la incertidumbre pero con una sospecha de que la causa sea Luisa, José dijo enfático qué pasa papá?

Heraldo respondió diciendo “Dios se acordó de Luisa y la llamó para estar con Él”. El silencio se adueñó de la comunicación sólo hasta ser cortado por la voz ronca y triste de José que dijo: ya hablo con mis hermanos para ver cuando salimos para allá. Sólo salió de los labios de Heraldo “un beso hijo, te espero con la mano aún temblando” colgó el teléfono, miró a Toño que estaba a lado de él acariciando su hombro y sin decir una palabra de sus labios pero si con los ojos, cruzó la calle para continuar con las tareas. Se sorprendió al ver un auto en la puerta, bastante nuevo, de un rojo brillante que del lado del acompañante descendía una mujer subida bastante de peso, rubia con mucho maquillaje y rodeando su cuello un collar que resaltaba de su piel blanca de un color dorado con matices plateados. Esta mujer al ver que Heraldo cruzaba en dirección a ella, se anticipó diciendo “usted debe ser Heraldo, no?”

Tímidamente él contesto -si

La mujer con aire de soberbia preguntó, bueno en realidad más que eso obligó que le entregara las llaves de la casa y que les dijera a ella y a su marido si conocían o les había dicho Luisa de algún escondite para guardar dinero o cosas valiosas o el banco donde podía tener alguna cuenta o caja de ahorros.

Ante la mirada confusa de Heraldo esta mujer y su marido entendieron la ignorancia del mismo pero no imaginaron lo desubicados que quedaron de preguntar eso en ese momento, tocando el brazo del mismo y con una mirada cómplice entraron a la precaria casa de Luisa, pero no ingresaron al cuarto donde ella estaba. Al salir de la perplejidad que se encontraba, también ingresó Heraldo pero este fue directamente a la habitación. Continuó con los preparativos mientras se escuchaban ruidos a través de las frágiles  paredes.

En el velatorio los pocos allegados que tenía y un par de familiares de los que no se entiende bien el parentesco, pero que discutían en la cocina por entre otras cosas por el reloj de pared y por los derechos de heredero, las 12 horas obligatorias se hicieron interminables sobre todo para Heraldo que no se separó ni aunque sea por un instante, solo ante la insistencia de tomar algo por parte de Toño, el acompañamiento fue sencillo y con muy poca gente y en el cementerio que se encuentra en las afueras al bajar los escalones de la entrada se sorprendió Heraldo al mirar que de un auto oscuro bajaban dos de sus hijos que en el acto salieron del  automóvil corriendo y lo abrazaron mojando con las lagrimas de ellos el papel que envolvía una ofrenda floral que traían  para Luisa, no hicieron falta palabras, José y Ezequiel ingresaron al cementerio pidiéndole a su padre que los esperara así lo acercaban a la casa, Toño prudente entendió que mucho deberían tener para hablar, entonces saludó con un abrazo fuerte y se despidió encomendándole que se le avise ante alguna necesidad .

Luego de las oraciones realizadas ante el improvisado panteón se retiraron los tres hasta la casa en el auto. Heraldo vio que la persiana de la casa de Luisa estaba levantada recordando que él la había cerrado, signo que demostraba que aun había gente adentro confirmándolo cuando vio que el auto rojo estaba estacionado bajo la araucaria que tenía sobre la vereda, decidió Heraldo no preocuparse más y disfrutar, literalmente hablando, de la compañía de sus hijos.

Mate de por medio y algunas facturas hicieron más amena la conversación donde sus hijos le comentaban a Heraldo de sus proyectos laborales y trataban de resumir todo lo que ocurrió estos años. José manejaba la conversación con la aprobación de su hermano Ezequiel que desde chico fue más callado y tímido.

José comentó que al principio las cosas fueron difíciles, costearse el curso de paramédico con la horas del bar pero que al entrar a trabajar en la empresa de emergencia, su situación económica cambió, y que al ver que las posibilidades de progresar eran pocas en la empresa, durante un año ahorró plata y compró la parte del bar del cual antes lavaba copa y ahora era socio.

– No te creas que es un trabajo fácil- explicaba a su padre- hay que estar todas las noches hasta las 5 de la mañana (Heraldo pensaba si lo sabré yo que muchos años trabajé de guardia en el galpón de Giacomelli) continuaba José diciendo que al socio le salio la posibilidad de irse a trabajar a España y como tenía la doble ciudadanía no dudó y le ofreció comprar su parte, hecho que no dudó, con un poco de ayuda de parte de Ezequiel así que ahora era el dueño del bar y que orgulloso le dijo a su padre sabes como se llama pa???  .

Heraldo pensaba pero no se le ocurría nada, dada la ansiedad de José de decir el nombre se anticipo diciendo se llama “La Paz” con un golpe cariñoso en el hombro Heraldo asintió con felicidad, José dijo pa- lo tenés que conocer (sabiendo lo imposible que esto sería) lo decoré rústico tipo serrano y es todo un éxito.

Continuó hablando José de los pormenores del bar y cambió de tema para hablar de Ramón, diciendo que le va como un avión en la facultad y que le falta sólo 2 años para recibirse, a la noche lo ayuda en el bar haciendo el trabajo que hacía antes José y que con eso se costea el estudio.

Viendo que no había hablado casi nada todavía, Ezequiel levantó un poco la voz para cortar al verborrágico de José y comenzó diciendo que en estos años se había afianzado muy bien en el club jugando en primera sintiéndose muy cómodo, pero con una propuesta de un club de primera en Buenos Aires que aún tenía que evaluar.

En lo que quedó de la tarde hablaron del pasado, de recuerdos y compartieron anécdotas. Era la tarde que hacía mucho tiempo había soñado Heraldo, lástima que el sentido de reunirse fue la muerte de su amiga. Al llegar la hora de acostarse acomodaron como pudieron dado que el lugar era medio insuficiente y las comodidades escasas.

Por la mañana; Heraldo pasó del sueño a la realidad, Heraldo cuando sus hijos se despidieron hasta pronto, prometiéndole que le encargarían a Ramón que lo visite o al menos se comunique, sería redundar si se describiese la tristeza que le causó al ver el auto que se alejaba, pero la vida continúa, dijo Heraldo y entró a su casa a ordenarla.

Acostumbrado parcialmente a la soledad como única compañía, Heraldo trataba de ocupar todo su tiempo en el trabajo sólo para no pensar, aunque ya el peso de sus años pesaban y lo hacían sentir frágil y vulnerable. A pesar de todas las horas que trabajaba, apenas le alcanzaba para vivir porque eran trabajos tipos changas de albañilería, por los cuales cobraba poco y los realizaba en un tiempo mayor pero que no se interprete mal no, porque el quería sino por que cada vez le costaba más.

Los dolores que tenía casi a diario de articulaciones y huesos sólo los callaba con unos medicamentos que el Doctor Mas le había indicado, siendo éste el único en el pueblo. Dada la situación de Heraldo las posibilidades de ir a otro pueblo eran nulas, por ello accedió como única alternativa que él lo atendiera, no dejando de mirarlo con respeto por la condición que ocupa pero con desprecio por lo que hizo con su amiga. Le informó el doctor que tenía un proceso pulmonar crónico mal curado y que debía cuidarse mucho del frío.

Haciendo caso omiso al consejo del facultativo, continuó con los trabajos que tenía encargados, prometiéndose a sí mismo no tomar muchos trabajos como cumpliendo parcialmente la recomendación.

 

Cuando los árboles de nuevo se vistieron de invierno comenzó Heraldo a sentir una tos incesante, ronca por la mañana, que por momentos lo dejaba sin aire hasta que no despidiera todo lo que sus pulmones necesitaban, no cortaba esa tos para luego aparecer un fuerte dolor en la espalda como puntada aumentando cada vez que inspiraba. Como todo, se acostumbró a vivir con esos dolores y molestias no consultando al doctor con la rapidez que debía, sabiendo la respuesta de éste, prohibiéndole el trabajo al aire libre cuidándose del frío etc.

No se puede omitir en esta historia los reales sentimientos que por esos momentos circulaban en la mente de ese padre que sentía que lo dio todo y la actitudes egoístas de sus tres hijos pero en el fondo sabía que eran sus hijos y como ya sabemos para un padre los hijos son todo y en el fondo siempre unos lo defiende esto mismo pensaba, sintiendo siempre el asedio del sentimiento de culpa.

El cruel invierno serrano siguió su curso como todos los años, tiñendo las sierras de un puro blanco soplando un aire penetrante intenso, distanciando estacionalmente las hojas de los árboles, produciendo grandes travesías serranas para conseguir un poco de amarillenta comida a los enflaquecidos chivos. Todo estaba acostumbrado y preparado para soportar los tres meses de invierno, todo menos los pulmones de Heraldo, que en este año lo obligaron en una mañana, mientras cavaba un pozo en la entrada del pueblo, a retirarse del trabajo porque el aire comenzaba a escasear. El dolor en la espalda en unas hora se había convertido en continuo; al llegar a su casa se lavó las manos, se sentó en el sillón aumentado más la dificultad para respirar, causa por la cual a pesar de las pocas ganas que tenía, acudió al médico del pueblo para consultarlo. Este al observarlo con la cara demacrada tuvo una fuerte sospecha de neumonía. No se puede negar que la experiencia y la necesidad de ser el único medico del pueblo no templaron sus conocimientos pero tampoco negaremos que su corazón no pudo apaciguar la avaricia y el interés convirtiéndolo en una pobre persona. No obstante médico, sin por esto último mejorar la condición de persona, pero volvamos a nuestro Heraldo que se sorprendió de la noticia al confirmarla el doctor al terminar de escuchar sus pulmones.

Después de decir el diagnóstico, el doctor tomó pausadamente los lentes que tenía calzada en la punta de la nariz para luego dejarlos colgando sobre el pecho, se refregó los ojos y al mirarlo fijo le explicó de la gravedad del caso, no dudando en remarcar que si no tomaba conciencia de esto este seria el ultimo invierno, luego del silencio propio de una advertencia de ese tipo, continuó el médico dando las explicaciones: reposo absoluto, nada de esfuerzos, en cama bien calentito y solo levántese para comer me entendió? Dijo imperativamente, cómo no lo va a entender Heraldo pero quien lo entendía a él que vivía sólo, quien le compraría la comida, quien le haría la comida y quien lo cuidaría. Lo sacaron de pensamiento a Heraldo la mano del doctor que se estrechaba con la suya demostrando que se había acabado la consulta.

Camino a su casa decidió dar aviso a sus hijos por necesidad, obligación moral y miedo sacó entonces dentro de su billetera un papel doblado gastado, arrugado donde alcanzó a ver los nombres de sus hijos con los respectivos teléfonos de cada uno, entró en una almacén de ramos generales que estaba en el centro del pueblo entre su casa y la del doctor y preguntó si tenía disponible el teléfono, le contestaron si eran llamadas urbanas no había problema pero si eran interurbanas necesitaban comunicarse previamente con la cooperativa para autorizar la llamada y que podía demorar un ratito, ante esta explicación Heraldo entre su preocupación por la enfermedad y las palabras que no entendía respondió con simpleza diciendo: éstos son los números como delegándole la función discar y comunicarse. No está de más decir que se había mal acostumbrado a que Toño le discaba, razón por la cual el no sabía, pero mientras esperaba a que se comunicara pensó como explicarles a sus hijos para no dejarlos preocupados mientras meditaba la mano de la chica del local. Agitándose mostraba el éxito de la comunicación sin saber con cuál de los tres era. Tomó el tubo y se presentó diciendo “habla papi”, del otro lado se escuchó la voz de Ramón que le decía qué raro a esta hora y preguntando la razón de la comunicación le explico rápidamente lo dicho por el doctor , a partir de este punto la historia se repite como cuando llamó para contar lo de Luisa al oír mil justificaciones y promesas por parte de su hijo interrumpió Heraldo diciendo que le avisara a sus hermanos y que le avisaran cualquier cosa a Toño. Esta noche se despidió de su hijo por teléfono manteniendo el mismo tono de voz. Utilizando un gran esfuerzo para esto, Ramón se despidió diciendo toma mucho agua y cuídate, después nos hablamos palabras que para el hijo eran algo así como decir hice algo lo aconsejé, pero para el padre palabras sin sentido y poco prácticas ya que para el cuidado era el sentido de la comunicación .

Heraldo giró la cabeza, se destapó el oído dado que el teléfono que descansa sobre una mesita al lado de la verdulería escasea bastante el silencio y si por casualidad como en este caso se llena la verdulería de clientes la comunicación se dificulta mucho, se acercó a la chica quien le preguntó ¿pudo hablar? sin saber si se lo preguntaba por la comunicación o por el murmullo de la verdulería, contestó afirmativamente con la cabeza y preguntó cuánto debía. Cuando la chica sacó la cuenta y le dijo el precio, se preguntó si le alcanzaba lo que tenía en el bolsillo, y al sacar esos billetes y juntar las monedas apareció la respuesta no le alcanzaba, como justificándose la chica sabiendo de las necesidades de Heraldo, dijo – las comunicaciones con celulares están cada vez más caras. Heraldo no escuchó y con bronca a sí mismo, tuvo que pedir que lo esperen unos días con la diferencia que faltaba dado el excelente concepto, nadie dudó en el pedido y al unísono el dueño y la chica le respondieron que no se preocupe. No era esto lo que en realidad preocupaba, sino la bronca interna de trabajar toda una vida de sol a sol y cuando uno más lo necesita, no tener y encima pedir auxilios económicos. Si por lo menos la hubiera gastado en algún vicio o gusto se auto- atormentaba pensando en esto. Al llegar a su casa la preocupaciones nuevamente afloraron y ese hombre que  por muchos años se mostró fuerte , justo moralista optimista le costaba más de lo predecible soportar estos rasgos de personalidad y por el contrario frenar que emerjan los antagónicos rasgos , en los días que vinieron de a poco la tristeza lo acompañó haciéndose dueña y señora de su vida, acompañada de su mejor amiga la depresión lo obligaban a alimentarse cada vez menos y perder el incentivo de todo en la vida ya no lo ponía contento la comunicación semanal con algunos de sus hijos  que le hacia saber Toño , los pocos objetos materiales que tenía terminaban en la compraventa del pueblo para poder subsistir este tiempo.

Los meses fueron pasando y el año nuevo él y la soledad lo festejaron acostándose antes de la hora decisiva y mientras todas las familias están con los ojos clavados en la esfera del reloj esperando a que llegue, él en su lecho sollozando espera que pase lo más rápido posible.

Al día siguiente Toño lo invito a compartir con su familia un asadito y sincerándose redijo que su salud y ánimo no era de lo mejor y prefreía quedarse en casa aceptando la excusa. Toño le obligó al menos que le aceptara la comida que le traería cuando estuviera lista sin dejarlo responder se retiró, y al cabo de una hora abriendo la puerta entró con un aroma conocido pero extraño a carne asada. Le dijo -vamos viejo que se enfría la carne.

El aspecto y la dejadez preocuparon mucho a Toño que esa misma la tarde se comunicó con José que era el único número de teléfono que tenía y le informó de su apreciación y la necesidades de Heraldo, nunca éste se enteró de la comunicación  previa que existió, será por eso que se alegró mucho al ver a sus hijos todos juntos a mediados de enero. Sus hijos se mostraron preocupados y se movilizaban en el pueblo en su auto moderno, hecho que fue toda una sorpresa dado que un auto de esa categoría no era común verlo circulando por el pueblo y como si fuera poco un escape hecho para no pasar desapercibido. Al anochecer se juntaban los hijos en el patio a charlar en secreto, mientras Heraldo espiaba por la ventana y observaba. Se preguntaba la razón del diálogo pero se convencía pensando como lo cuidarían, digamos que esta sensación lo sintió más cuidado y le encantó ver la preocupación de sus hijos , porque cuando la enfermedad acecha y la vulnerabilidad se hace presente la dependencia de nuestros seres queridos se torna como una compensadora reacción, más cuando la soledad se convierte en la única compañía .

Continuando con este episodio me parece importante contar que dejaron escapar los hijos una palabra en bajo volumen en el patio pero por la característica de ésta retumbó en la cabeza de Heraldo, ocasionándole un vuelco en la forma de pensar aunque no lo podía creer y entendamos que se rehusaba a pensar en ese como su destino, la cuestión es que mientras las horas pasaban  sus hijos no paraban de discutir en el mismo lugar subiendo cada vez más el volumen y la palabra volvía a ser escuchada cada vez más clara,  pero a pesar de la costumbre de escucharla la sensación interna era la misma, repetían la palabra ¡no puede ser! A cada instante la intriga y la preocupación le dieron fuerzas a Heraldo de levantarse de la cama a pesar de la escasa energía que tenía,  se apoyo en el marco de la puerta que da al patio, y viendo lo entusiasmado que estaban sus hijos en la charla no lo había escuchado así que se acercó más a la conversación y con vos grave preguntó:

– ¿Qué pasa acá che, que no paran de hablar? ¿En qué los puedo ayudar? Volvió a preguntar

– Nada pa’ quédate tranquilo acostate que nosotros ya vamos. Se aventuró José.

El modo imperativo de la respuesta y la clásica sensación de no te metás, no es tema tuyo, enojó a Heraldo, que al querer hablar, un dolor de pecho se expandía por los brazos y espalda ocasionándole una pérdida de fuerza en las piernas que lo obligaron apoyarse en el marco de la puerta. Arrastrándose contra la pared se volvió a acostarse sintiendo el alivio casi instantáneo. Pasaron pocos minutos hasta que llegaron sus hijos los tres a la pieza, se pararon fríamente en la puerta y con miradas cómplices entre ellos decidían quien comenzaba a hablar.

Por un lado estaba, la mirada pasmada de Heraldo que cada vez entendía menos o quería entender menos y veía la realidad  más cerca, y por otro lado los tres hijos crecidos ya, maduros, si se puede decir, con miradas fuertes, amenazantes como haciendo notar la culpabilidad de Heraldo o la acusación, la pregunta es de que? Quizás lo acusen de llegar a viejo o de su estado de salud o hasta lo acusarían de su necesidad de cuidado. Pero la realidad es que no le dijeron de que lo acusaban sino que habían tomado una decisión que no les fue fácil de tomar como justificándose, pero que la realidad los urgía y era que le habían conseguido un hogar en Villa Dolores porque en La Paz no había ninguno, a lo que irónicamente respondió Heraldo -mi hogar es éste.

Mientras los hijos no sabían explicar qué era un hogar de ancianos, buscando las palabras menos chocantes si es que realmente las hay , le explicaron como a un chico antes de tomar un remedio aludiendo que estaba enfermo y que necesitaba cuidado y que el mejor lugar es un lugar con gente especializada en cuidados especiales, con servicios médicos a toda hora y mil justificativos de la decisión, pero para Heraldo no existió ni siquiera uno, la conversación de sus hijos con Heraldo continuó, pero éste no la escuchó y entendió ahora el sentido de esa palabra que horas atrás había escuchado. Ezequiel culminó la charla diciendo que se iban ya para Córdoba para hacer unos trámites personales y el próximo fin de semana volverían lo tres a ayudarle a hacer la mudanza.

Los momentos que se registraron a continuación fueron de una tensión emocional importante, solo interrumpidos parcialmente por el saludo de Ezequiel con un beso que lo sintió como el abrazo y el beso de Judas antes de entregar a Jesús. Luego sus otros hijos lo saludaron compartiendo la misma sensación. Al cabo de minutos la soledad y el silencio reinaron nuevamente.

Siete días, nada más que siete días lo separaban de un destino poco deseable, volaba su mente buscando coartadas posibles sabiendo que el tiempo escatimaba, desde razones físicas hasta psicológicas pero rápidamente se frustraban en sus pensamientos por lo poco razonable de las mismas. Es cierto que se sentía cada vez mas débil y sentía internamente que la muerte se estaba acercando, la vida le permitió acompañar a dos personas en momentos parecidos sabiendo entonces lo que le deparaba, no le tenía ni le tuvo miedo a la muerte diciéndose él mismo que debe ser lindo el lugar a donde todos vamos aparte su creencia religiosa. Lo ayudaba en estos cruciales momentos y no lo olvidemos que siempre recordó y amó a pesar de no tenerla físicamente a Cristina y soñó estar nuevamente con ella.

Dentro de los planes propuestos algunos claudicaban y otros tomaban fuerza. Contaba las horas que lo separaban de la llegada de sus hijos y mientras al anochecer pensaba se le ocurrió una coartada que rápidamente le encontró un sabor que no tenía ninguna otra, esa noche al menos se acostó contento pensando en darle forma y cómo organizaría el plan propuesto.

Pasando un día de coordinación del plan le pidió a Toño el teléfono y se comunicó con sus hijos, en realidad con José y le explicó que tenía algo importante que decirles antes de irse al hogar como ellos lo llamaban , restándole importancia José la contestó -bueno el fin de semana hablamos tranquilos en casa, no le importó la respuesta de José porque esa constituía el primer paso del plan, los días que faltaron para el fin de semana ideó todas las palabras a utilizar y el modo con que las diría. Podríamos decir que gracias a este plan recuperó las fuerzas y el entusiasmo. Vale la pena contarles que hasta volvió a cocinarse.-

 

EL PLAN

Llegado por fin el sábado como habían organizado Heraldo vio estacionar una chata entendiendo que era la hora de comenzar la actuación.

Luego de acomodar vaya a saber qué en la cabina de la chata, los tres hijos juntos abrieron la puerta y la sorpresa empezó para ellos cuando no vieron ningún bolso preparado y hasta la cama estaba tendida. El aspecto de Heraldo impresionaba, muy tranquilo pero su aspecto demacrado relumbraba ante la mirada atónita de sus hijos. Antes de saludarlos con un abrazo los invitó a sentarse en el patio con unos matecitos. Uno de sus hijos salió a comprar algo para comer, como era obvio, en la casa del padre nada había.

Dos de sus hijos se sentaron mientras Heraldo calentaba el agua con una sonrisa cómplice. Cuando la tapa anunciaba el hervor del agua preparó su mate y se sentó también. Nadie hablaba. Sus hijos intrigados esperaban la llegada salvadora del hermano y Heraldo rompió el silencio preguntando como andaban contestándole efímeramente bien y vos dijeron como para continuar el diálogo. Cuando empezaba a contestar Heraldo tomó el picaporte de la puerta puso en pausa la conversación, para luego preguntar: Ramón, me perdí algo? Probablemente por la incertidumbre que le generaba el silencio, José dijo aun nada pero papá nos quiere contar algo -dale pa’ que estamos ansiosos.

Mientras revolvía la bombilla sin mirar a los ojos a ninguno porque le dolía el alma de hacer esto empezó diciendo:

Probablemente vos José que sos más grande recuerdes el cofre que teníamos en el ropero, la historia es un poco larga pero en ese cofre guardamos con tu madre unas joyas heredadas de nuestra familia. Son bastantes y tengo entendido que bastante caras, prometiéndolos con tu madre no tocarlas ni mucho menos venderlas por eso es que nunca se hablo del tema. Al morir Luisa y sentir que mi tiempo en la tierra escasea se los cuento. Cuánto hay adentro no lo sé, pero les aseguro que es mucho. Con solo tantear el peso se darán cuenta de lo que les estoy hablando, también deben saber el significado de la llave que me entregó su madre antes de partir que esa historia se las conté muchas veces. Bueno esa llave es la que abre el cofre,  es precisamente ésta que ahora empiezo a usar colgada en el cuello como verán no me puedo ir al hogar,  hay mucho por robar y me da miedo dejar esto acá, sólo ustedes saben bien que la casa no es segura y además en este tiempo de estar solo se me escapó en un par de conversaciones el tema del cofre y aunque no hay muchos ladrones en este pueblo la tentación puede hacer cambiar a la gente. Hijos esa es la sencilla razón por la que no puedo ausentarme de mi casa así que estaré cuidando de ese tesoro hasta el día de mi partida.

Después de las claras palabras y de los argumentos nadie dudada de que la posibilidad del geriátrico se esfumaba y comenzaban los problemas para los hijos, inteligentemente al entender Heraldo, que sus hijos, debían tener mucho que hablar, se acostó a descansar. Si se puede llamar así.

Usando primero el interés que le proporcionaba el tesoro y por último la enfermedad del padre, discutían buscándole forma a la solución , José decía es mucha plata si es como dice me da miedo dejar ese cofre solo en casa deberíamos llevarlo a algún lugar para que lo cuiden, a lo que contestó Ezequiel – papá fue muy claro eso no sale de acá ni se vende así que esa opción olvídate, Ramón acotó y si lo llevamos con cofre y todo al hogar?, – no digas estupideces respondieron sus hermanos mientras discutía sin llegar a ninguna solución posible. Concensuaron entre los tres que la mejor decisión era cuidar de su padre una semana cada uno comenzando desde el hijo mayor hasta el día de su partida y algunos problemas surgieron cuando aventuraban sobre el contenido y las preferencias de cada uno.

Sin estar de acuerdo pero con la sencilla razón de ser la única opción le informaron a Heraldo. Éste, mientras escuchaba no lo podía creer y no pudiendo contenerla dejo escapar una lágrima que no sabía si era de tristeza, alegría o hipocresía, les dijo con la voz entrecortada por la emoción que no hacía falta, mostrándose seguros en la respuesta dijeron que de igual manera lo harían.

Desde ese momento las cosas cambiaron. A la mañana no faltaba el café con leche con tostadas, pan y manteca y al mediodía una comida distinta y abundante todos los días, mientras estaba José, él mismo cocinaba pero si estaban Ramón o Ezequiel eran de comprar comida en una rotisería. Casi semanalmente lo llevaban al doctor Mas a control de su enfermedad y los remedios que le recetaban, en el acto los compraban y se lo administraban tiernamente los hijos. Anotaban en una libretita los gastos que tenían y quién los pagó para luego una vez abierto el cofre primero pagar los gastos equitativamente y luego repartir lo sobrante así que no escatimaban en gastar porque sabían que luego se recuperaría.

Pasaron de esta forma casi dos meses y en unos de los controles el doctor explicó ante la insistencia de unos de sus hijos de que el grado de compromiso pulmonar y cardíaco era muy avanzado y que en cualquier momento había que esperar lo peor.

La organización primera y los fondos comenzaron a apretarse al ir pasando el tiempo y las fuerzas  escaseaban,  pero sabiendo que el final estaba tan cerca continuaban rotándose para cuidarlo semanalmente. Fueron agotadoras las últimas semanas, dado que no paraba de toser retumbando en el silencio de la noche, descansando cada vez menos.

A Ramón una de esas noches de insomnio lo vio vencido por la incertidumbre y al llegar al ropero y ver el cofre trato de levantarlo y comprobó personalmente el peso del mismo recordando las palabras de su padre y al moverlo horizontalmente apareció un delicado sonido de cristales que ante el miedo de romper algún objeto valioso dejó como estaba acomodado y se recostó pensando en cual sería la mejor forma de invertir la plata y cual será el permitido regalo que se haría con la alegría de pensar que algunos de sus sueños materiales pudieran hacerse realidad se quedó dormido. Al llegar el fin de semana y haciendo con sus hermanos la guardia, contó la experiencia con el cofre enfatizando en el peso y en el ruido. La asombrosa mirada de su hermano mostró que ya tenía destinada  su parte .

La otra parte de la historia nos muestra al padre caminando por el delgado hilo que lo separa de la muerte con dolores físicos pero sufriendo otros dolores insoportables, dolores que no lo dejaban concebir el sueño.

Sabiendo que la hora estaba cerca, Ezequiel llamó a sus hermanos y al Doctor Mas que al cobrar nunca dudó un segundo en ir, y como si Heraldo esperaba que sus tres hijos estuvieran juntos con una mirada que ninguno de sus hijos podrá nunca olvidar, exhaló aire y se dejó llevar.

Se contrató la mejor empresa funeraria de la zona y con una hermosa ofrenda floral con los nombres de sus hijos dibujados, lo velaron. En el acompañamiento se acercó todo el pueblo a dar el último adiós a un tipo muy querido, el cajón de una madera especial para la ocasión descansaba sobre los guantes blancos de los empleados de la empresa y luego de acariciar el ataúd, los tres hijos se abrazaron y con un gesto dieron la orden de colocarlo en un nicho especialmente comprado para la ocasión. Ubicado en una zona preferencial del cementerio descansa su cuerpo pero aún no su alma hasta que el plan hubiere terminado.

Al llegar a la casa y estar cansados, todos decidieron ordenar la habitación dado que se había organizado que ese sería el lugar cómodo para abrir el cofre y distribuir los objetos de valor separándolo por género y con un valor consensuado para luego ser repartidos de forma equitativamente,  evitando de esta forma discordias entre ellos. Al desarmar la cama que su propio padre había hecho, ninguna nostalgia apareció solo el interés para ver los objetos de valor y la avaricia se hizo presente, que aumentaba más cada vez que movían el cofre y el sonido de cristales y metales resurgían esperando ser encontrados. Durante las horas de la noche nadie pudo dormir, Ramón y José estuvieron tentados de anticipar la repartija pero el acuerdo se respetó, nadie recordó esa noche a Heraldo a pesar de la prontitud de su desaparición  sólo los recuerdos relacionados a él se basaban en el valor y la convicción  que había tenido como para no tocar nunca ese tesoro y regalárselo a sus hijos, pero este pensamiento se esfumaba y siempre dominaba el que voy a hacer con el dinero que me compraré, cómo lo invertiré, cambiaré el negocio, lo alquilaré y etc. Las preguntas sobraban pero las respuestas no eran reveladas todavía.

Ezequiel fue el primero en levantarse y preparar el mate y al intentar llevar el cofre a la habitación de Heraldo se dio cuenta de que por el peso solo no podía, por lo que decidió llamar él personalmente a sus hermanos al grito de ¡vamos che que hoy es el gran día! ¡Dale vagonetas así terminamos temprano y después salimos de este pueblucho! Como conciliar el sueño no fue tarea fácil esa noche, el cansancio los había vencido minutos antes de que su hermano los llamara así que Ramón y José mientras se estiraban y frotaban con las manos los ojos Ezequiel dijo -cuiden todo que voy a comprar algo para comer y les muestro algo que encargué.

Al llegar Ezequiel a la panadería muy temprano, por cierto Rosendo se admiró al ver en el rostro una alegría que no correspondía con los hechos sucedidos escasas 24 horas atrás, mientras preparaba lo encargado sintió la necesidad de realizar un comentario, su padre debe sentirse orgulloso de ustedes por el funeral que le organizaron fue muy emotivo primero por lo que era para el pueblo tu padre y segundo porque se le dio el funeral que se merece con todo el pueblo despidiéndolo la verdad hijo que tu viejo si que las pasó, que cruz tuvo que aguantarse solito y cómo laburaba día y noche. Pobre Heraldo nunca pudo ir ni siquiera al club a jugar a las bochas o un partidito de truco, siempre primero el trabajo.

Como la conversación estaba aburriendo a Ezequiel y la ansiedad por descubrir su tesoro era separada por escasos minuto decidió cortar la conversación con la fría y sin sentido frase y bueno viejo así es la vida hoy estamos y mañana no, saludó al retirarse y cuando llegó a la casa pasó directamente al patio y dejando la bolsa con facturas sobre la mesa les obligó a sus hermanos que salieran un minuto. Éstos, con mala gana salieron y se rieron festejando la ocurrencia de su hermano que había encargado según después el contaría el mismo día que falleciera Heraldo un cartel de venta junto a un teléfono que era del contador del pueblo que se encargaba entre otras cosas a comprar y vender propiedades. Ramón remató diciendo no das puntada sin hilo hermanito vos ¿no?.

Comieron y rieron en el patio por un largo rato mientras se aconsejaban de las posibles inversiones según gustos y posibilidades de cada uno.-

El momento se acercaba, ansiosos corrieron el cofre para la habitación que ya estaba desocupada. Se sentaron como adorando el tesoro y se miraron para ver quién era el agasajado en abrir primero. Ezequiel tomó la iniciativa, invocando a José diciendo vos sos el hermano mayor así que dale nomás.

José tomó la llave casi temblando y le llamó la atención que la forma de la misma no coincidía con el candado, cosa que quedó demostrada cuando al acercarse lo confirmó, miró a sus hermanos creyendo que era una broma de parte de ellos donde en el mismo acto ellos se atajaron diciendo que no era así. Al pasar el momento coincidieron diciendo que era lógico que Heraldo, dado la envergadura del tesoro, no tuviera un tan fácil acceso, por lo que se demoraron, dado que Ramón fue a la piecita del fondo a traer una masa para romper el candado. Una pregunta surgió cuando buscaban la forma estratégica de romper el candado sin golpear al cofre por la fragilidad que tenía en su interior, así que colocando una madera entre el candado y la madera del cofre dieron comienzo al proceso de apertura que fue mucho más corto de lo que pensaban dado que al primer golpe cedió. Inmediatamente vino el momento de la apertura del cofre, donde se encontraron en su interior una lámina de papel de diario bastante gruesa. Parecía, como era lógico de pensar por su padre para evitar accidentales roturas la extrajeron y para sorpresa de ellos inmediatamente por debajo se encontraba una pava vieja, algo oxidada, con la tapa pegada, por lo que supusieron que indudablemente era una estrategia de su padre para desalentar por si alguna vez sufriera un intento de robo. Cortaron la cinta con cuidado que abrazaba la tapa con el resto de la pava y al destaparla no encontraron nada, sólo el tornillo que en algún momento de su vida la sujetaba y que por esas cosas de la vida lo abandonó antes de tiempo. Ya la ansiedad superaba el raciocinio, así que con movimientos torpes sacaron el resto de papel metiendo la mano sin ver pero palpando hasta que José sintió el frío del metal apretando para extraerlo. Sólo pudo con movimientos laterales aflojar un poco, pero al irse desprendiendo notó que no tenía forma de nada que el conociera y en su imaginación se ocurrieron varias posibilidades pero el peso no le permitía sacarlo de inmediato hasta que moviendo el objeto que lo tenía cercado pudo sacarlo comprobando que por los pocos conocimientos correspondía a una parte del motor de la chata que tenía su padre, pero eso debe ser una tapa de cilindro dijo Ezequiel, dale José seguí sacando, se notaba cara de preocupación en las caras de ellos, esa sonrisa iba desapareciendo hasta que una idea brillante de Ramón retomó la calma en sus pensamientos diciendo que capaz que usó esos objetos viejos y pesados para que nadie se lo pudiera llevar solo si es que quisiera robarlo. Lo miraron como aprobando pero Ezequiel ahora tomó la iniciativa y tratando de inclinar la mano lo más posible se contentó al palpar una bolsa de una textura rara como de una tela gruesa, al moverla sintió un ruido agudo en su interior sugiriendo la presencia de algún objeto de cristal o algo similar por lo que exclamo -encontré lo que buscábamos y ávido abrió encontrando solo vidrio molido. Surgió una trasformación en sus caras y brotó la bronca interna hacia su padre, reprimiendo la pésima actitud que había tenido para con ellos mintiéndoles de esa manera, sentados alrededor del cofre en silencio sepulcral. Sólo pasaban por sus mentes pensamientos de por qué esa actitud en su padre, que se mezclaban con la bronca por haber gastado tanto en el velatorio y haber dejado sus cosas personales para cuidar de él en todo este tiempo, ¿por qué papá hizo esto? ¿qué nos quiso decir?

Quedaba en el cofre una sola caja que, dada la situación, nadie aun quiso tocar hasta que fue José quien la sacó, porque le llamó la atención el brillo del papel que las envolvía. Al sacarla notó que tenía pegada en el frente unas de las pocas fotos que tenían de toda la familia junta con Heraldo en un extremo de la foto con  Ramón en brazos y en el otro extremo Cristina embarazada, con José en el mar, la última foto que tenía de toda la familia y las últimas vacaciones. Con lágrimas en los ojos, no sabiendo ninguno de ellos si era por la desilusión o por la nostalgia que le traía la foto, la abrieron con cuidado sin romper la foto y encontraron un papel enrollado. Con él, un hilo rojo que decía “para José, Ramón y Ezequiel” sabiendo que el final estaba cerca corrieron por uno de los extremos y los tres hermanos abrazados lloraron desconsoladamente al leer el papel que decía:

“Honrarás a tu padre y a tu madre”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Literatura y Medicina
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