Cargada de intensidad dramática, Kenzaburo Oe desgrana la odisea personal de un joven profesor ante el nacimiento de un hijo anormal, lo que lo enfrenta a sus limitaciones personales. Visión cruel de ese sufriente recorrido de tres días, por los propios infiernos, donde el debate entre el querer y el deber, las expectativas y la frustración, la realidad y la fantasía arrojan al protagonista a un abismo de angustia y temor que desnuda los claroscuros de la condición humana.

Bird, profesor de inglés, llevaba una cenagosa existencia en el Japón contemporáneo. Casado desde hacía pocos años, transitaba sus días buscando algún equilibrio entre sus intereses personales y las demandas de su rol de marido.

Figura 1: Kenzaburo Oe

Figura 1: Kenzaburo Oe

La llegada de su primer hijo lo inquietaba. Tenía más miedo que ilusión. A los veintisiete años, se recibiría de padre con varias cuentas personales aún pendientes. Entre ellas, ese anhelado viaje a África para el que venía ahorrando prolijamente desde hacía tiempo. Curiosidad, libertad, evasión, sea cual fuere el motivo, la idea del viaje lo embriagaba.

Nada estimulante hallaba en su cotidianeidad doméstica.

Temía que el nacimiento, profundizara aún más esa brecha entre los anhelos y las obligaciones. Nuevas restricciones, más responsabilidades económicas, mayor demanda familiar,… todo parecía conspirar contra ese viaje legendario, su verdadera, y tal vez, única ilusión.

“Desde que me casé he estado en la jaula que significa la familia, pero hasta ahora siempre me pareció que la puerta permanecía abierta; el bebé a punto de llegar bien podría cerrarla definitivamente”.

Esos miedos anticipatorios poco tuvieron que ver con el plan que la realidad le tenía destinado. La llegada de un niño “diferente” convulsionó su existencia.

Figura 2: Kenzaburo Oe

Figura 2: Kenzaburo Oe

El médico no anduvo con vueltas: había tenido un hijo anormal. Un bebé deforme. Tenía una protuberancia en la parte posterior del cráneo, un encefalocele. Y mientras le explicaba, graficaba con ambas manos una especie de pelota que ubicó en la nuca.

La noticia lo demolió.

El médico también habló de “retraso intelectual, deficiencias o incapacidad visual, auditiva…”; y tampoco fue optimista en el pronóstico. Un bebé condenado a una muerte inminente o, en el mejor de los casos, a una vida vegetativa.

Esas palabras se incrustaron en sus tímpanos como espinas.

Supo allí que su hijo no se parecería a nada que haya antes visto.

Pero ¿hasta dónde llegaría su monstruosidad?

Bird hubiera querido huir en ese mismo momento, extraviarse en esa maraña hospitalaria de corredores y escaleras … correr, correr, y no ver nunca a ese bebé.

Su realidad se había salido de los rieles de lo esperable.

Bird quería, simplemente, desaparecer…, del bebé deforme, de su mujer, de su vida, hasta de sí mismo.

En ese escenario de angustia, recurrió a sus refugios más seguros: la bebida y el sexo. La flecha del placer ardiente del alcohol lo rescataría unas horas de esa dolorosa realidad. Y con Himiko, antigua compañera de estudios, intentaría despojarse de su propio pellejo en una cama. Sentía que semejante drama personal lo habilitaba a colgar su desesperanza de esas sogas redentoras.

La voz de la enfermera lo arrancó de esos devaneos y lo condujo a la unidad de cuidados intensivos neonatales. La siguió por un laberinto de incubadoras observando a los bebés, uno por uno. Y aunque todos los recién nacidos tienen la misma cara, sabía que reconocería a su hijo inmediatamente. El suyo era el bebé deforme.

La enfermera se detuvo frente a una incubadora. Allí estaba, detrás del vidrio.

“…un bebé feo, de cara apretada, muy rosada, casi enrojecida. De su nuca salía una pelota de piel, vendada, con algunas zonas descubiertas de piel rosa, tensa, brillante. Era inocultable. Era un bebé anormal. Tenía los ojos cerrados como conchas de bivalvo y unos tubos de goma entraban por sus fosas nasales; la boca, abierta en un grito mudo con una mucosa interior de un perla rosáceo. Sólo el débil siseo del oxígeno le advertía que el niño vivía.”

Bird cerró los puños con fuerza. Las uñas se incrustaron en sus palmas. Mordió sus labios hasta comenzar a sentir el sabor desteñido de la sangre.

Su hijo era un monstruo innato. Esa imagen no se le borraría nunca. “Soy el papá del bebé de dos cabezas” pensó.

El impacto bloqueó cualquier sentimiento de afecto, benevolencia o piedad.

No pudo dedicarle una caricia ni siquiera, una palabra o una lágrima. Una daga de hielo se le había incrustado en la médula. Enseguida supo que él no quería un hijo así.

“Un bebé con la cabeza vendada. La imagen era tan devastadora que por momentos sentía que no podía retenerla en su mente, como cuando se intenta mirar el sol y la fortaleza de sus rayos enceguece. El tampoco podía recordar con precisión lo grotesco de esa cabeza. La imagen lo perturbaba a la vez que se le desdibujaba… eso le generaba una mezcla de alivio culpable y de infinito temor. Pensó que quizá algún día la olvidaría por completo.”

Al retirarse, sintió en su espalda, las pupilas punzantes de aquellos que lo señalaban como el padre del monstruo. Se sintió reducido, mínimo. El horror le había encogido el alma.

Toda su humanidad había quedado arrinconada bajo una caparazón de vergüenza. Intuyó que, de ahí en más, se le abría una senda de difíciles transacciones internas. La lógica había sido desgajada de su biografía como un libro al que se le rompen las costuras. Sentía que había sido escupido a una vida ajena, donde le tocaban las peores jugadas.

Sin saberlo, ya había cruzado el peldaño inicial de su propia odisea: había conocido a su hijo. Se había enfrentado a la monstruosidad.

Nadie está preparado para lidiar con lo monstruoso. Atemoriza, genera sentimientos repulsivos y sensación de caos.

Bird halló parentesco imaginarios con los que vincular a su hijo.

“Comparó al bebé, con sus dos cabezas, con imágenes de mutaciones por radioactividad. De sólo pensarlo, sentía en la garganta el calor de la vergüenza.”

Quedó paralizado. La imagen del niño, a pesar de su pequeñez, lo sobrepasaba y lo amenazaba. Se había convertido en su fantasma. La contemplación de lo temible lo había llenado de temor y angustia.

La autodescalificación le llegó enseguida.

¿El, a su edad, no podía tener un hijo normal? Sintió el trago de la vergüenza quemándole la garganta.

El médico sugirió el traslado al hospital universitario.

La máscara de la indignación se tatuó en su rostro. ¿De qué hablaba? ¿Pensaban operar a un condenado a una existencia vegetativa?

La idea de traslado e intervención retumbaron en su cabeza como en un tambor de lata. ¿El debería cargar de por vida con las consecuencias de los actos heroicos de los médicos?

Su angustia no le dejaba resquicio para pensar en su esposa. Sólo por un momento, pensó en el niño.

-Doctor, dígame, ¿sufre?, ¿sufre el bebé?

-Bueno, depende de lo que usted entienda por sufrimiento. El bebé no ve ni oye. Apuesto a que los nervios del dolor no registran sensaciones.

A Bird se le vino a la mente la imagen de un bebé-vegetal.

Pero ese bebé vegetal no era inofensivo. Desde su hermética inconsciencia, tenía la potestad de liberarlo o condenarlo de por vida.

Bird se sentía rehén de un ser sin conciencia. Sintió correr por sus venas esa forma de violencia que sólo inyecta la impotencia.

Ya no se trataba de la posible sobrevida del bebé, ahora estaba en juego su propia supervivencia como ser libre.

El enfrentamiento padre-hijo ya estaba instalado. Sin saberlo, ambos habían armado su propia forma de vínculo: una relación especular en la que uno era el enemigo del otro.

En Bird, comenzaba a emerger su monstruosidad interior.

El niño nunca sería normal. Bird se sentía sumergido en una ciénaga de calamidad. Para él no había más opción que esperar la muerte. Espontánea o inducida. Pero, ¿a quién planteárselo y cómo?

El bebé ha mostrado algunas fallas respiratorias pero está estable ahora. Bird evitó hacer preguntas. No quería sostener ninguna conversación. No quería estar en situación de que alguien lo mirara a los ojos. Se sentía despreciable. Se dio cuenta que toda su vida dependía de ese llamado que le avisara que el niño había muerto. Mientras eso no ocurriera, sentiría la misma incertidumbre que el condenado a muerte durante el aplazamiento de la pena.”

Le horrorizaba descubrirse programando la muerte de su bebé recién nacido. Nunca hubiera imaginado semejante monstruosidad moral dentro de sí. La culpa le tapaba los poros.

Pero de algo estaba convencido: él no quería un bebé así. Se reconocía profundamente incapaz de enfrentar la paternidad en esas condiciones, y renunciar a su libertad era un costo moral demasiado alto. Pero su liberación, ¿era a costa de desearle la muerte?

Un monstruo le haría la vida imposible. Sintió un mezquino arrebato de autodefensa, una grosera necesidad de tenerse que liberar de ese bebé que ahora parecía estar atacándolo desde de la incubadora. Tenía las manos sudorosas y un oído sordo por el tumulto de la sangre que se le arremolinaba. La vergüenza lo hizo lagrimear.”

Promover activamente su muerte, no era lo mismo que el bebé muriera por causas naturales. Una infección respiratoria, una falla cardíaca, algo común en niños tan lábiles, ¿no podría pasarle al suyo? Si eso ocurriera, se sentiría moralmente más aliviado.

Que se debilite y muera … fue casi su imploración. Allí sintió el latigazo de la repugnancia y el repudio por sus pensamientos. No podría sostener la carga que significa un bebé vegetal. Y no podía pedirle a los médicos que …, no, no debía… ¿Qué les diría?, ¿qué no lo alimenten? ¿qué le den una mezcla falsa? Si al menos muriera por enfermedad, él no sentiría culpa, sería como la evolución natural, aunque tendría la culpa de haberlo pensado. Reconocía su lógica egoísta: dejarle el trabajo sucio al médico y compadecerse luego de si, como víctima de esta tragedia repentina. La vergüenza reaparecía una y otra vez en su interior.”

Bird oscilaba entre el deber y el querer; entre la realidad opresiva y el deseo de evasión. Se preguntaba qué significado tenía la muerte y la vida en un bebé como el suyo.

“Una vida procedente de la oscuridad fetal, que conoció sólo unas crueles horas de adversidad para descender definitivamente a la oscuridad eterna. Pensó qué podía implicar la muerte o la vida de un bebé que sólo tiene funciones vegetativas. Para un bebé vegetal la vida no es más que unas pocas horas para volver a la nada.”

Sin hallar respuestas racionales a tanta arbitrariedad, buscó el sentido en la trascendencia.

Figura 3: Una cuestión personal

Figura 3: Una cuestión personal

“Si existe un juicio final, ¿en qué categoría de muertos se ubica y se juzga a un bebé muerto antes de nacer? ¿Qué juez da este veredicto?”

No se animó a hablar con los médicos acerca de los sentimientos que su hijo le generaba.

“Si mi esposa ha tenido un bebé anormal no es culpa nuestra. No soy tan malvado como para estrangularlo ni tan bueno como para remover cielo y tierra para que viva a cualquier precio. Lo único a mi alcance es desearle una muerte natural. Y cuando todo haya terminado, me sentiré una rata de alcantarilla.”

Su desesperación le impidió pensar siquiera si su muerte le causaría dolor, o si esa supuesta liberación, escondería alguna huella de tristeza.

A días del nacimiento, sintió amenazada también la continuidad de su vida sexual. ¿Cómo esas mismas cavidades tibias y rosadas que lo recibían voluptuosamente, podían fabricar monstruos? La apelación erótica del cuerpo femenino se convirtió en amenaza, terror y evitación.

Había algo de siniestra oscuridad en el cuerpo de la mujer, que ahora lo volvía temible. Bird veía imposible poder resignificar esa geografía corporal.

Nada anunciaba la muerte del niño.

Bird fue quedando arrinconado entre sus únicas opciones, “…o lo estrangulo con mis propias manos, o lo acepto y lo crío.”

Recordó entonces las palabras del médico: “Si lo operamos, hay probabilidades de que crezca con normalidad; no es seguro, también hay un alto riesgo de que su coeficiente intelectual sea muy bajo.”

Aceptar la cirugía ya era en sí mismo un acto reivindicatorio. El peso de su monstruosidad moral le estaba encorvando el alma.

En esa puja entre el deber y la responsabilidad, optó por ofrecerle al niño alguna posibilidad de vida. Con esa decisión, Bird logró emerger de sus infiernos personales liberándose así de la perturbadora vivencia de monstruosidad interior.

Figura 4: Versión catalana de Una cuestión personal

Figura 4: Versión catalana de Una cuestión personal

Una cuestión personal, es mucho más que un relato de ficción. Es la epopeya personal de Kenzaburo Oé ante el nacimiento de su propio hijo, Hikari, con hidrocefalia.

“Hikari sufrió una operación de vida o muerte; había que extirparle un bulto de color rojo brillante, tan grande como una segunda cabeza, adherido a la parte posterior de su cráneo”.

Su posterior discapacidad mental irreversible, los ataques epilépticos, las limitaciones visuales y motoras condujeron a Oé a un proceso interior de aceptación, tolerancia y entrega amorosa. Su convivencia con la deformidad y la deficiencia neurológica fue un tema rector de su vida y de su narrativa.

Bird heredó ficcionalmente esa textura ética de Oé, quien pudo reorientar su vida en la integración y acompañamiento de su hijo con severa discapacidad.

Lic. Isabel del Valle

Licenciada en letras

Literatura y Medicina
Compartir //