Las enfermedades de Sarmiento

Dr. Gabriel Martín
Presidente de la Asociación de Diagnóstico por Imágenes y Terapia Radiante de San Juan

Dice la leyenda que el apellido Sarmiento nace en la batalla de las Navas de Tolosa, que enfrentó a cristianos y musulmanes en 1212. En esa oportunidad Pedro Ruiz distribuyó haces de sarmientos secos (los nudosos vástagos de la vid de donde brotan los racimos) entre sus cien caballeros para que los llevaran en su grupa. Lugo ellos los encendieron y pusieron fuego a los víveres y las municiones de los musulmanes. Esto ayudó mucho a la victoria y, desde entonces, el caballero fue conocido como Sarmiento y sus descendientes pintaron en sus armas un sarmiento de vid verde en campo de plata.

Domingo Faustino Sarmiento buscó y rebuscó el origen de su familia. Fueron inútiles sus esfuerzos por ligar su apellido al del adelantado Pedro Sarmiento de Gamboa, aquel explorador, escritor, científico y humanista español del siglo XVI que salió en vano a la caza del corsario Francis Drake. Nunca conoció la leyenda de Pedro Ruiz y sus sarmientos. Le hubiera encantado, seguramente. Pero tuvo que conformarse con el apellido de aquel arriero, su padre.

Sarmiento nació el 15 de febrero de 1811 en “El Carrascal”, un barrio humilde de fines del siglo XVIII en centro de la ciudad de San Juan, entonces parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Su nombre de bautismo fue Faustino Valentín Quiroga Sarmiento. Según algunas fuentes, el nombre Domingo se le adjudicó posteriormente en honor al Santo protector de su familia y no figura en su partida de nacimiento. El nombre de «Faustino» le fue dado por el Santo del día de su nacimiento.

Es curioso que el sanjuanino, que como ya dijimos fue bautizado como Faustino Valentín, no como Domingo, no buscara el otro apellido de su padre, que no era solamente Sarmiento sino también Quiroga: José Clemente Cecilio de Quiroga Sarmiento. El Quiroga, como el Valentín, desaparecieron sin que nadie sepa por qué. Algunos dicen que hubo algún tatarabuelo común entre Facundo Quiroga y Domingo Faustino Sarmiento. De ser así, eran primos en tercer o cuarto grado.

La casa donde nació, que aún se conserva (Figuras 1 a 5).

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Figura 1: En el frente de la casa hay una estatua de Sarmiento sentado en un banco (Foto G. Martín, 2015).

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Figura 2: Sarmiento acostumbraba a leer en este lugar (Foto A. Buzzi, 2014).

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Figura 3: La sala de reuniones de la casa (Foto G. Martín, 2015).

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Figura 4: El despacho particular de Domingo Faustino Sarmiento entre los años 1862 y 1864, cuando se desempeñó como gobernador de San Juan (Foto G. Martín, 2015).

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Figura 5: Busto de Sarmiento en uno de los patios de su casa natal (Foto G. Martín, 2015).

Fue reconocida como el primer Monumento Histórico Nacional de la Argentina por la ley nacional Nº 7062 del 7 de Septiembre de 1910 (Figura 6 y 7). Abrió sus puertas como museo el 4 de Abril de 1911.

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Figura 6: Vista de la casa natal de Sarmiento, en la ciudad de San Juan, en la calle Sarmiento Sur 21, entre la Av Libertador San Martín y la calle Francisco N. Laprida Oeste (Foto A. Buzzi, 2014).

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Figura 7: Placa que conmemora la declaración de la casa natal de Sarmiento como Monumento Histórico Nacional (Foto G. Martín, 2015).

La construcción de la casa fue iniciada en 1801, cuando su madre Paula heredó el predio y contrató albañiles a quienes pagaba con lo que obtenía de la venta de los hilados y tejidos de su famoso telar (Figura 8), ubicado debajo de la higuera que aún se encuentra en el centro del patio (Figura 9), desde donde controlaba a sus empleados.

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Figura 8: El telar de doña Paula Albarracín (Foto G. Martín, 2015).

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Figura 9: La histórica higuera (Foto A. Buzzi, 2014).

Los padres de Domingo Faustino Sarmiento fueron José Clemente Cecilio Sarmiento y Funes (Figura 10) y Paula Zoila Albarracín e Irrazábal (Figura 11).

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Figura 10: José Clemente Cecilio Sarmiento y Funes (1778-1848) (Foto G. Martín, 2015).

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Figura 11: Paula Zoila Albarracín e Irrazábal (1774-1861) (Foto G. Martín, 2015).

José Sarmiento era hijo del distinguido (aunque pobre) matrimonio de Juan José Ignacio Sarmiento y Juana Isabel de Funes y Albornoz. Nació el 21 de Noviembre de 1778 en la región oeste de San Juan, denominada actualmente “La Bebida”, próxima a las Sierras de Zonda. Nunca fue a la escuela y eso le provocó la obsesión de que su hijo estudiara, promoviendo en él la lectura y la escritura desde temprana edad. Peón y arriero de toda la vida, contaba con un importante prontuario, pero esto no le impidió ser una pieza fundamental en el cruce de Los Andes, señalando al General José de San Martín los pasos accesibles de la cordillera y acompañándolo como oficial de milicias. Su carácter revolucionario marcó a su hijo, a quien acompañó en todo sus exilios a Chile, sintiendo los primeros síntomas de dolores óseos en el último de estos viajes. Tenía severas caries que le comieron los huesos de la cara por la mala alimentación e higiene. Se sospecha que, como muchos arrieros locales, sufría de osteomielitis del maxilar secundaria a caries pero, en este caso en particular, probablemente sufría de un tumor óseo metastásico dado que progresivamente refería severos dolores señalados como “articulares” (principalmente cerca de las grandes articulaciones) y de los huesos largos así como del rostro. Murió postrado en cama y acompañado de los severos dolores óseos poco después de cumplir 70 años, el 22 de Diciembre de 1848, siendo capitán.

Paula Zoila Albarracín e Irrazábal, hija de José Cornelio Cipriano Albarracin Balmaceda y Juana Irrazábal Sánchez de Loria, nació el 27 de Junio de 1774 en el barrio “El Carrascal”, zona de nobles familias de la colonia, siendo una de las menores de 15 hermanos. Don Cornelio era dueño de una importante extensión del Valle del Zonda, con importante cantidad de cabezas de ganado y de carretas. Cuando murió, muy pocas cosas quedaban de sus bienes. A Paula le correspondió un solar en el barrio “El Carrascal” donde ella misma había plantado la famosa higuera, debajo de  la cual luego tejería con su telar mientras Domingo Faustino practicaba su lectura. Doña Paula puso de manifiesto una audacia, inteligencia y genialidad poco comunes para la época, cuando aún era joven, tomando la determinación de levantar su propia casa en el predio que heredó. Falleció el 21 de Noviembre de 1861.

José y Paula se casaron en 1802 y los hijos llegaron numerosos (casi uno al año), siendo 15 en total, entre ellos: Francisca Paula, Vicenta Bienvenida, Manuel Fernando de Jesús de la Trinidad, Honorio María, Domingo Faustino, María del Rosario, Juan Crisóstomo, Antonino y Procesa del Carmen. De ellos, solo 5 llegaron a la adultez. La madre se multiplicó para criarlos y hacer frente a la pobreza. Nunca se dio por vencida y sus manos nunca dejaron de trabajar con los husos, el telar, las tintas, las plantas y las hortalizas. Una de sus principales fuentes de ingresos era el tejido de las sotanas de los frailes.

En 1842, como consecuencia de avatares políticos, Paula tuvo que emigrar a Chile para acompañar a su hijo y a su esposo al exilio, junto con tres hijas solteras. Pasaron ocho meses de exilio y doña Paula, ansiaba afanosamente regresar a su querido San Juan y a su casa (que sabía que perdería de no regresar). Aunque su hijo debió permanecer fuera de su país, finalmente volvió a su amada casa para continuar la vida de antes, aunque sin su marido, que había muerto en 1848. Envejeció, pero la artesana nunca flaqueó a pesar de su severa artrosis que no solo afectaba sus manos sino que también le generó una importante giba dorsal por la cifo-escoliosis. Estando Sarmiento en Buenos Aires, le hizo llegar una frazada, tejida con sus manos, con esta leyenda: «Paula Albarracín a su hijo, a la edad de 84 años». Tres años después le llegó la muerte, el 21 de noviembre de 1861, rodeada por sus hijas. Su hijo “preferido” no pudo llegar hasta San Juan por los disturbios políticos. Sarmiento se había prometido abrazarla en el último trance y doña Paula lo esperaba pero, sintiéndose morir, le dejó este mensaje: “Díganle que le dejo mi bendición porque ya no puedo esperarlo más”.

Autodidacta por naturaleza, Domingo Faustino fue educado inicialmente por su padre y su tío José Manuel Eufrasio Quiroga Sarmiento, quienes le enseñaron a leer a los 4 años de edad. A los 5 años ingresó a la “Escuela de la Patria” en San Juan (fundada por el gobierno de la Revolución, por sugerencia de Manuel Belgrano), teniendo como educadores a los hermanos José e Ignacio Rodríguez. La escuela albergaba a unos 300 niños y se encontraba ubicada cerca de la plaza de armas (hoy esquina de Mitre y Mendoza). Estudio allí durante 9 años y aprendió matemáticas, gramática, latín, francés, inglés, italiano y la historia de Roma y Grecia, siendo siempre un estudiante destacado, asistiendo incluso los sábados para recibir educación moral y religiosa (por pedido de su madre). Sarmiento cuenta que la escuela tenía tres salones y que su decoración era suntuosa, con una imagen de la virgen del Carmen (patrona de la escuela), una pintura de las armas de la República y un cartucho que decía: “¡Recompensa al mérito!”, frase que lo marcaría a fuego, repitiendo entre sus allegados en sus años de adulto que “el esfuerzo siempre tiene su recompensa”.

Sarmiento era una persona de contextura más bien robusta y presentaba un buen estado general de salud en términos generales.

En 1835 enfermó gravemente en Chile de fiebre tifoidea y regresó a San Juan. Esta enfermedad bacteriana, producida por la Salmonella typhi, por aquellos días producía alta y sostenida fiebre y cólicos abdominales severos generalmente asociados con deshidratación, seguidos de debilidad, inestabilidad, sudoración, alucinación y cefalea intensa. La muerte del paciente sin apoyo era frecuente. Tan grave fue su enfermedad que Sarmiento refiere haber sufrido un ataque cerebral, un eufemismo para describir sus delirios a causa de la fiebre. Esta enfermedad, sin el tratamiento antibiótico actual, mata al 20% o al 30% de los afectados. En esa época nadie sabía la causa de la enfermedad, ya que no se conocía la bacteria ni existía tratamiento alguno (la Salmonella typhi, el agente causante de la enfermedad, fue descubierta en 1880 por el patóloga Karl Joseph Ebert, y recién en 1897, Almroth Edward Wright, desarrolló la primera vacuna). Solamente se podía acompañar al paciente y dar agua por boca para combatir la deshidratación producida por la diarrea. Con la excusa de esta afección que consideraban terminal, la familia consiguió que las autoridades le concediesen el permiso para volver a sus pagos.

En 1850, mientras escribía su Argirópolis, que en griego significa “ciudad de la Plata” (Figura 12), comenzó a sufrir trastornos renales que lo acompañaron hasta el final de sus días.

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Figura 12: “Arjirópilis” (sic), de Sarmiento, impreso en Chile en 1850.

En ese año ya padecía también una hipoacusia, la que desde 1855 progresaría hasta hacerse bilateral y severa en 1866 (Figuras 13 a 16).

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Figura 13: Dibujo de Sarmiento hecho por el artista argentino Ignacio Baz en 1850.

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Figura 14: Daguerrotipo de Domingo Faustino Sarmiento de 1852, luego de la batalla de Caseros.

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Figura 15: Imagen directa del prócer, tomada por el famoso fotógrafo Sarony, en Nueva York en 1865.

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Figura 16: El Teniente Coronel Domingo F. Sarmiento, visitando la Exposición Universal de París en 1867. Al año siguiente sería elegido Presidente de la República Argentina.

En 1870 el Dr. Salvador Doncel le diagnosticó una otitis media crónica supurada colesteatomatosa o “cornificación”. Su sordera no solo progresaba sino que lo malhumoraba progresivamente. Retrospectivamente, y debido al compromiso inicial de la capacidad por escuchar los tonos graves y la conservación hasta el final de los sonidos agudos, es posible sugerir el diagnóstico de otoesclerosis, una enfermedad que afecta a los pequeños huesos del oído medio (el martillo, el yunque y el estribo) dificultando la transmisión del sonido.  En general compromete a ambos oídos, y es causa de sordera. En 1873, Sarmiento afirmó en una sesión del Congreso: “No se preocupen porque no vengo a escucharlos a ustedes sino a que ustedes me escuchen a mí” (Figura 17).

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Figura 17: Fotografía del Presidente Sarmiento (Christiano Junior, 1873)

Durante su vida utilizó tres famosos bastones. El primero de ellos se lo regaló Torcuato de Alvear, hecho con madera de una viga de la casona de Juan Manuel de Rosas. El segundo fue regalo de Justo José de Urquiza para el “Presidente recién electo” (Figura 18).

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Figura 18: Bastón de mando y banda presidencial que Urguiza le regaló a Sarmiento cuando asumió la Presidencia de la Nación en 1868 (Museo Histórico Sarmiento)

El tercero y último, que recibió en 1875, carecía de distinción. Estaba hecho de madera robusta, pero hueca. El mango era de un negro brillante, con el aspecto de una bobina oblonga del ancho de su puño, achatada en un extremo. La contera, por otra parte, era una pieza blancuzca, metálica y también hueca. Era un Bastón-Micrófono: la solución más discreta y reservada para aliviar su sordera (Figura 19). Diseñado primorosamente por una coalición de especialistas ingleses y franceses, sólo bastaba con apuntar el bastón al interlocutor, acercar el mango-auricular a la oreja y el sonido se vería amplificado más de quince veces. Nunca sabría que el autor de ese regalo fue José Antonio Terry, “Mitrista” a ultranza y enemigo político, pero también hombre piadoso. Terry tuvo tres hijos que nacieron sordos, lo que lo llevó de lleno al trabajo caritativo buscando ayudar a personas con esta patología. Cuando la afección de Sarmiento se hizo pública, Terry buscó en Europa el mejor bastón acústico que pudiera encontrar y se lo regaló.

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Figura 19: Bastones audífonos utilizados por Sarmiento para mejorar su debilitada audición (Museo Histórico Sarmiento)

El 22 de agosto de 1873, sufrió un atentado mientras se dirigía hacia la casa de Vélez Sarsfield, donde visitaba a su amada Aurelia, hija del político argentino autor del Código Civil de Argentina de 1869, vigente hasta 2015. Cuando transitaba por la actual esquina de Corrientes y Maipú, en la ciudad de Buenos Aires, una explosión sacudió al coche en el que viajaba. El sanjuanino, que siempre viajaba sin custodia, no lo escuchó porque ya padecía aquella dicha profunda sordera. Los autores fueron dos anarquistas italianos, los hermanos Francisco y Pedro Guerri, que confesaron haber sido contratados por hombres de López Jordán. El atentado falló porque a Francisco Guerri se le reventó el trabuco en la mano. Sarmiento salió ileso del atentado y se enteró más tarde porque se lo contaron.

En 1876, se percató de un edema irreductible en los miembros inferiores, signo de la insuficiencia cardíaca que lo afectaba. La causa más probable de su insuficiencia cardíaca, teniendo en cuenta la evolución natural de la enfermedad del paciente, es la enfermedad coronaria.

En 1882 sufrió una importante hematemesis (vómito de sangre) que el Dr. Carlos Lloveras, su primo y amigo, diagnosticó como provocado por una úlcera gástrica sangrante. El episodio no se repitió.

Acarreaba una enfermedad cardiovascular desde hacía años y una pertinaz bronquitis lo postraban en el invierno húmedo de Buenos Aires. En 1887 buscó el clima más benigno de Asunción (por consejo del Dr Lloveras) y a fines de mayo de 1888 repitió el viaje, del que no volvió, acompañado de su hija Faustina y sus nietos Julio y María Luisa. Los doctores Andreuzzi y Hassler fueron quienes atendieron al paciente. En agosto su estado general se agravó. En sus últimas horas no quiso la asistencia religiosa en sus últimas horas y prefirió la lectura de Sistema de Filosofía Sintética del inglés Herbert Spencer. Sarmiento se preparó para morir y le pidió a su nieto que lo sentase en el sillón “para ver amanecer”. Nunca más vio el sol de la mañana. “Siento que el frío del bronce me invade los pies” se le escuchó decir. El 6 de septiembre sufrió un ataque al corazón, y murió a las dos y cuarto de la madrugada del 11 de septiembre de 1888, a los 77 años de edad. Muerto ya,  el ministro García Mérou en compañía del fotógrafo Manuel de San Martín retrató al difunto como era costumbre de la época (Figura 20).

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Figura 20: La célebre foto post-mortem del Presidente Domingo F. Sarmiento, tomada en Asunción del Paraguay un día después de su fallecimiento, a los 77 años.

El escultor Víctor de Pol tomó su máscara mortuoria. Los tres médicos de cabecera se encargarán de embalsamar el cadáver.

El traslado de sus restos, en buque, desde Asunción hasta Buenos Aires fue una continuada manifestación popular (Figura 21).

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Figura 21: El 21 de setiembre de 1888 desembarcaron de los restos de Sarmiento en el muelle de pasajeros ddel Puerto de Buenos Aires.

Sus restos fueron inhumados 10 días después en el Cementerio de la Recoleta de Buenos Aires, con la presencia de varias personalidades relevantes . Ante su tumba, Carlos Pellegrini (entonces Vicepresidente de la Nación) sintetizó el juicio general: “Fue el cerebro más poderoso que haya producido la América”. Los diarios de Buenos Aires se unificaron en una sola edición, bajo el nombre de La Prensa Argentina, para rendirle homenaje solidario. En París, Adolfo Saldías, a quien suele reconocérsele como el iniciador del llamado «revisionismo histórico», dedica su libro Civilia al prócer, al mes siguiente de su muerte, con estas palabras: «A la memoria de Sarmiento, gran ciudadano de la República, a la cual encaminó con sus luces e ilustró con su ejemplo; al que en vida me honró llamándome su amigo«. Y agrega en el primer trabajo del libro: «Yo he vivido de la vida de Sarmiento durante los últimos diez años, porque he tenido de sus labios su pensamiento casi día por día. Si no lo hubiera venerado como el ciudadano a quien mi patria le debe la suma mayor de esfuerzo que uno de sus hijos pudo hacer por ella, lo veneraría como mi maestro, cuya palabra fortaleció mi espíritu con la prédica constante de las ideas que caracterizaban su fisonomía democrática y cuyo ejemplo imprimió a mis sentimientos la suficiente energía para no sacrificarlos sino en aras de los principios que constituyen la moral del ciudadano» (Figura 22).

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Figura 22: Mausoleo de Domingo Faustino Sarmiento, Cementerio de La Recoleta. Buenos Aires.

Sarmiento (Figura 23) se destacó tanto por su laboriosa lucha en la educación pública como a contribuir al progreso científico y cultural de su país.

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Figura 23: Retrato de Sarmiento pintado al óleo por su nieta Eugenia Belin. Tomado de modelo vivo, es considerada la figura más fuel del prócer.

En 1947 la Conferencia Interamericana de Educación estableció como Día Panamericano del Maestro al 11 de septiembre en homenaje a su fallecimiento (Figuras 24a y 24b).

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Figura 24a: Monumento a Sarmiento en la Plaza 25 de Mayo de la ciudad de San Juan (Foto G. Martín, 2015).

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Figura 24b: Detalle del monumento a Sarmiento en la Plaza 25 de Mayo de la ciudad de San Juan (Foto G. Martín, 2015).

Bibliografía.

  • Berdiales G. El Maestro de América. Ed. Acme, Buenos Aires, 1961.
  • López Mato O. La patria enferma. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2010.
  • Pastor V. Los últimos días de Domingo F. Sarmiento. Tiempo de San Juan, edición Nº 1473, 11 de setiembre de 2014.
  • Lesser R. Domingo Faustino Quiroga Sarmiento. Historias con lupa. http://historiasconlupa.blogspot.com.ar/2015/09/domingo-faustino-quiroga-sarmiento.html
Enfermos Famosos, Lugares
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